El Bestiario

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EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

“No hay motivo para tener miedo de los muertos”, sonríe Fathiya, ella, su marido y sus seis hijos viven en el panteón de la familia Zaruq, un notable de la época otomana cuyos descendientes siguen siendo enterrados bajo las losas sobre las que tiende la colada y corretean los pequeños. El mausoleo, cuyo pórtico testimonia un pasado mejor, se halla en la calle Al Hasan al Malakia de Qarafa, el mayor conjunto de camposantos de la capital de Egipto. A escasez de pisos asequibles confina a 15 de los 80 millones de cairotas a vivir en infraviviendas, algunas tan insólitas como barcas de pesca en el Nilo, chamizos levantados sobre las azoteas o panteones. Las construcciones funerarias dan fe de la tradición egipcia de sepultar a los muertos en ‘habitaciones’ que permitieran a sus familiares pasar con ellos el duelo de cuarenta días; una necrópolis convertida en metrópolis, donde la muerte no es clandestina como en Madrid, Nueva York, París o Londres

“No hay motivo para tener miedo de los muertos”, sonríe Fathiya. Ella, su marido y sus seis hijos viven en el panteón de la familia Zaruq, un notable de la época otomana cuyos descendientes siguen siendo enterrados bajo las losas sobre las que tiende la colada y corretean los pequeños. El mausoleo, cuyo pórtico testimonia un pasado mejor, se halla en la calle Al Hasan al Malakia de Qarafa, el conjunto de cementerios de El Cairo conocido como la ‘Ciudad de los Muertos’. La escasez de pisos asequibles confina a 15 de los 80 millones de egipcios a vivir en infraviviendas, algunas tan insólitas como barcas de pesca en el Nilo, chamizos levantados sobre las azoteas o panteones en los cementerios. Pero el lugar en el que vive Fathiya se parece poco a un camposanto occidental. Las construcciones funerarias dan fe de la tradición egipcia de sepultar a los muertos en ‘habitaciones’ que permitieran a sus familiares pasar con ellos el duelo de cuarenta días. “Llevamos 27 años viviendo aquí”, cuenta mientras franquea el paso hacia el soleado patio bajo el que se hallan las tumbas. Tras el zaguán se perciben dos pequeñas habitaciones y una cocina. No tiene agua corriente ni electricidad, pero no se queja. Sin duda le hubiera gustado tener una casa más convencional.

“Imposible al precio que están los alquileres”, se resigna. Además, está acostumbrada al cementerio. Ha vivido aquí toda su vida ya que su padre, Ali Mustafa, trabaja de enterrador desde que hace 60 años emigrara a la capital huyendo de la miseria de Sohag, en el Alto Egipto. A sus 81 años, Ali Mustafa no sólo sigue activo sino que es la memoria histórica del lugar. Conoce a cada una de las grandes familias que tienen a sus muertos enterrados en este sector de la necrópolis. Así que cuando supo que Fathiya se iba a casar, no le costó mucho convencer a los Zaruq para que les confiaran a ella y su marido el cuidado del mausoleo a cambio de poder vivir en él. Otros pagan unas libras a los guardianes del cementerio para que les dejen alojarse en su recinto. No es anecdótico. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU ha mostrado su preocupación por el fenómeno: un millón de egipcios residen entre los muertos.

Unos 50.000 viven en tumbas propiamente dichas. El resto se apretuja en infraviviendas construidas sobre antiguos sepulcros. Algunos han tirado cables del poste eléctrico más cercano o desviado conducciones de agua. Incluso han surgido pequeños talleres, tiendas, bares, ‘plazas 21’... que cubren las necesidades de sus habitantes. El deambular de transportistas con sus carros tirados por animales o pequeñas y un tanto destartaladas camionetas europeas Mercedes, Peugeot, Renault..., descargando mercancía es una constante. Los coches del año aparcados frente a algunas de estas ‘casas’ apuntan a cierto progreso socioeconómico de sus ocupantes.

 

El olor recuerda que no hay servicio de alcantarillado ni de recogida de basuras porque la ocupación de Qarafa sigue siendo ilegal

La necrópolis se ha convertido en metrópolis. Y el estado egipcio ha reconocido sus necesidades: En la calle Al Hasan al Malakia hay una mezquita y una escuela primaria. En algunas esquinas el olor recuerda que no hay servicio de alcantarillado ni de recogida de basuras porque la ocupación de Qarafa sigue siendo ilegal.

 En nuestro periplo por sus calles y tumbas coincidimos con un vecino, Omar, un joven profesor de Literatura Española en la Universidad del Azhar, uno de los centros de enseñanza superior más antiguos del mundo. Sus ‘fatwas’ (pronunciamientos legales) han sido muy respetados por la comunidad suní, mayoritaria en el Islam. Una institución con solera que resiste tendencias y el paso del tiempo. Pese a las contradicciones y los problemas de censura y derechos humanos, es un centro vivo que refleja los cambios en la sociedad egipcia y la lucha de los más jóvenes por la libertad y la democracia en dicho país. El escritor español Juan Goytisolo me sirve de vaso comunicante con Omar...

Este suburbio de El Cairo está situado, no a las afueras precisamente, sino en pleno centro de la ciudad, cerca de la plaza Tahrir. La ‘Ciudad de los Muertos’ es un gigantesco cementerio que en su día, tras la ocupación del Sinaí por parte de Israel en la Guerra del Yom Kipur (1973), fue utilizado por miles y miles de desplazados egipcios como vivienda. También llegaron miles y miles de agricultores que vieron cómo el Nilo, en sus ancestrales crecidas ya no deposita en sus tierras el limo, un fertilizante natural. Una obra faraónica, como fue la presa de Asuán, construida por Nasser y sus socios de la antigua Unión Soviética, sirvió para amortiguar los efectos en vidas humanas de las bíblicas crecidas del Nilo, pero nadie tuvo en cuenta la retención del limo, arrastrado por las aguas que llegan desde el Lago Victoria en Tanzania. Es verdad que se salvaron miles de monumentos, como es el caso de Abu Simbel, acorralados por el amenazante río más largo del mundo.

 

Juan Goytisolo, un escritor español residente en Marraquech: “Esta ‘Ciudad de los Muertos’ podría llamarse el cementerio de los vivos”

En realidad, esta ‘Ciudad de los Muertos’ podría llamarse el cementerio de los vivos, como dice Juan Goytisolo, residente desde hace más de veinte años en la ciudad marroquí de Marrakech, el único escritor español que domina la lengua árabe dialectal desde el Arcipreste de Hita. Este catalán es autor de obras de obligada lectura si uno desea adentrarse en el ignorado mundo árabe, aderezado, en ocasiones, de otras culturas bereberes, como ocurre en el Norte de África, desde Marruecos a Egipto, pasando por Túnez, Argelia y Libia. El autor de “El problema del Sahara”, “Crónicas sarracinas”, “Makbara” y “Estambul”, se sintió muy a gusto con algunos de los vivos de esta ciudad. “Es una abigarrada y fascinadora aglomeración urbana rebosante de vida. La muerte en la cultura occidental es ocultativa. Yo viajé a El Cairo y logre vivir en la ‘Ciudad de los Muertos’. Es un cementerio enorme, donde vive un millón de personas: se han construido bloques de casas rodeados de tumbas y al mismo tiempo hay mausoleos donde las familias o descendientes de los guardianes de las familias que a lo mejor han desaparecido, viven en los panteones. Hay mausoleos grandes, algunos con televisión en color. Logré dormir en uno de estos mausoleos, que para mí fue una cura maravillosa. La muerte en Madrid, París, Londres, New York... se ha vuelto clandestina”, comenta el todavía militante heterodoxo español Juan Goytisolo.

Esta clandestinidad, sobre la que insiste el que fuera el escritor más ‘rojo’ y ‘maricón’ en las comisarías de la policía política de la España de Franco -de lo cual siempre se vanaglorió-, no es un paradigma en la ‘Ciudad de los Muertos’. Para nada. Sus habitantes, como en general los mexicanos, no parecen sentir angustia alguna en la cohabitación diaria con la muerte. Lo pudimos comprobar en una de las visitas que se vuelven obligatorias, a todas luces, si quiere uno adentrarse en el laberinto mágico de El Cairo, Al-Qahira, la madre de todas las ciudades, la ciudad de los mil minaretes, como la denominan los amables cairotas, protagonistas, desde hace semanas, de la que se conoce ya como la ‘Revolución del Nilo’.

 

Aparte de las pirámides de Giza, Luxor y Karnak, un crucero por el Nilo hasta Abu Simbel, ‘La Ciudad de los Muertos’ es visita obligada

Mi visita a este lugar la hice acompañado de Isabel Aldalur. Después de varias jornadas conociendo este lugar, terminó dándole la razón al anuncio -que aparecía por aquel entonces en la contraportada de la revista Newsweek-  de la cadena de hoteles Hilton, donde una de las acompañantes gritaba “¡Llévame al Hilton!”.  Le entendía a Isabel Aldalur. Durante muchos años vivió en Dublín, Irlanda, y Colonia, Alemania. Era su primer encuentro con un ‘marrón’ del tercer mundo y de tal magnitud como este de ‘La Ciudad de los Muertos’. Creo que si cualquier vecino de Cancún, Solidaridad o Quintana Roo se da un salto a Egipto, aparte de ver las pirámides de Giza, los templos de Luxor y Karnak, darse un  crucero por el Nilo hasta Abu Simbel, siempre va a recordar una visita a este cementerio de descendientes de mamelucos.

Los mamelucos fueron esclavos, en su mayoría de origen turco, procedentes de Asia Central, de las zonas del Mar Negro y más al norte, islamizados e instruidos militarmente que en sus inicios sirvieron como soldados a las órdenes de los distintos califas abásidas. Más tarde constituirían en 1250 un sultanato en Oriente Medio, que en el momento de ser conquistado por los otomanos (1517), se extendía por Egipto y Siria. Un precedente de dicho sultanato fue el Sultanato de Delhi, fundado en 1210. Este régimen, a diferencia del mameluco egipcio, disponía de un territorio recientemente conquistado por el Islam, y donde, por consiguiente, la mayoría de la población era de otra religión (la hindú); aparte, era de una cultura y lenguaje predominantemente persa, diametralmente opuesto al egipcio, donde sus súbditos eran, en su mayoría, árabes musulmanes.

 

Descendientes de los esclavos mamelucos se alistaron en el ejército francés del emperador Napoleón Bonaparte, difusos de la egiptología

Llegados a Egipto, y una vez admitido en una escuela (Hilqa o Tibaq) cuya misión consistía en convertirlo en mameluco, el joven cautivo pasaba a estar bajo un instructor que sería el responsable de su formación militar (al-furusiya), y bajo su supervisión se le sometía a un adiestramiento especialmente riguroso. Una vez recibida la instrucción militar por el Sultán o sus jefes, pasaban de ser esclavos a hombres libres, si bien sujetos por lazos que recuerdan las fórmulas de servilismo del sistema feudal europeo. Entre los mamelucos estaban los pertenecientes a una elite especial, la del cuerpo de mamelucos reales, quienes habían sido comprados, instruidos y liberados por el propio sultán, y tenían una guarnición en la ciudad del El Cairo.

 Su igual procedencia, el uso por ellos de la misma lengua distinta de los territorios donde se instalaban, su misma condición militar, su reconocido prestigio en el arte de la guerra y la historia personal de cada uno, similar a sus compañeros, les hicieron convertirse en un poder en sí mismo que no tardó en formar su propio sultanato. Hubo un total de 54 sultanes, la mitad de ellos bahríes (turcos) (1250-1382) y la otra mitad burŷíes de origen caucasiano (1382-1517).

Su papel fue crucial a la hora de proteger Siria (que reconquistaron), Egipto y Palestina del Imperio mongol, así como de expulsar a los cruzados cristianos. Mantuvieron la custodia de las ciudades santas de La Meca y Medina y se instalaron en El Cairo. No persiguieron a las iglesias coptas ni a las comunidades judías, aunque fueron guardianes del Islam en el conjunto social. El final de la dinastía llegó con la derrota en 1517 ante Selim I, sultán del Imperio otomano, pero ya con anterioridad la pérdida del control del tráfico comercial con Asia -como consecuencia de las nuevas rutas establecidas por Portugal a través del Cabo de Buena Esperanza- habían mermado su capacidad económica.

Los mamelucos quedaron relegados al puesto de beys como gobernadores o en segundos niveles de la administración, aunque nuevamente irían recuperando su importancia hasta que, oficiosamente, controlaban Egipto en el momento de la conquista por Napoleón en 1798.

 

Los mamelucos egipcios entraron en España en marzo de 1808, llegando a Madrid, donde les sorprendió el levantamiento del 2 de mayo

El primer escuadrón de mamelucos fue formado en 1801 por 240 soldados, que regresaron con el Ejército de Oriente de la expedición en Egipto. Numerosos mamelucos formaron parte del ejército napoleónico, entre ellos Rustam Raza, quien sería el sirviente personal y guardaespaldas de Napoleón Bonaparte. Constituyeron un escuadrón adscrito a los cazadores a caballo de la Guardia Imperial y sirvieron en Bélgica. Tras la batalla de Austerlitz se convirtieron en un regimiento.

Los mamelucos entraron en España en marzo de 1808, llegando a Madrid. Formaron parte de la escolta de honor del Gran Duque de Berg, Joachin Murat, y fueron acuartelados en Carabanchel, donde les sorprendió el levantamiento de los españoles contra los franceses del 2 de mayo, cuya ‘fotografía’ oficial, es un lienzo de obligada visita en el Museo del Prado de Madrid, del pintor aragonés Francisco de Goya. Tras la caída del Primer Imperio, se dispersaron. Muchos de ellos fueron asesinados en Marsella durante el Terror Blanco. Solían ir muy bien armados: disponían de un trabuco, una cimitarra, dos pistolas que solían llevar al cinto junto a un puñal, y una maza de armas o un hacha que llevaban pendiente del arzón de la silla de montar.

La decoración se realiza con incrustaciones de piedras de diferentes colores, así como con un exquisito trabajo en madera que consistió en incrustaciones de motivos geométricos radiantes hechos en marquetería. Se utilizó también el esmalte y el vidrio, y lo que es más importante, las incrustaciones de metal. De este período datan el Baptisterio de San Luis, uno de los objetos islámicos más famosos, realizado por el orfebre Muhammad ibn al-Zayn y el Cubilete de Rothschild. Cuando Mehmet Alí tomó el control de Egipto en 1806, descubrió el enorme problema que representaban los antiguos príncipes esclavos. Decidió librarse de ellos invitando a los principales príncipes mamelucos a su residencia, con ocasión de la investidura de su hijo Tussum  como general de las tropas de Arabia el 1 de marzo de 1811. Veinticuatro príncipes vestidos con uniforme de gala respondieron a la invitación, en compañía de unos cuatrocientos hombres. Todos ellos fueron asesinados, aunque según las leyendas, un príncipe mameluco logró escapar.

 

Un lugar de enamoramiento, donde erotismo y muerte van de la mano y donde el hombre comparte naturalmente su tiempo con los muertos

La relación árabe con los muertos en este cementerio egipcio, no lejano a la histórica plaza del Tahrir, donde los nuevos ciudadanos han protagonizado las caídas del ‘faraon’ Hosni Mubarak y Mohamed Morsi, me llamó la atención, diría más, comencé a abandonar mi lectura exclusivamente social, de la pobreza, aderezada por una formación de mis profesores jesuitas y de los autores de moda desde el Mayo del 68 francés. En este lugar de vida o muerte, ambas se mezclan de forma natural. Los niños emulan a Leo Messi, Cristiano Rolando o a nuestro ‘Chicharito’,  jugando ociosamente al fútbol, encima de anónimas sepulturas, sin nombre o con restos del nombre ilegible del muerto, entre vestigios de osamentas… Caminaba por aquellas calles de ‘La Ciudad de los Muertos’ imbuido de una extraña paz. El inacabable cementerio musulmán es también un lugar de enamoramiento, donde erotismo y muerte van de la mano y donde el hombre comparte naturalmente su tiempo con los muertos.

Tengo que reconocer que mi encuentro con ‘La Ciudad de los Muertos’ me sirvió en la vida para tener una nueva actitud ante la muerte y ante el mundo occidental. Camposanto cairota de los mamelucos miserables y soberbia acrópolis de vivos y muertos, desierto de piedras y mezquitas, con alminares en forma de candelabro, parejas, solitarios, familias, hervidero infantil, sábanas blancas ávidas de sol secador, irrisorios hornillos de carbón o gas butano, grafitis en las paredes con autores anónimos, Banksis, respetuosos de las tumbas de sus muertos anónimos…

 

Veía a estos pobres no ya como el objeto de una explotación, a diferencia de lo que me ocurría en una etapa personal más social

A pesar de que a uno le parece estar en otro planeta, a pesar de que sus vecinos son miserables, ‘espectros ambulantes’, uno se identifica y solidariza plenamente con este ámbito mísero y con los marginados que allí residen pues uno vez en ellos cualidades ensalzadoras. Veía a estos pobres no ya como el objeto de una explotación, a diferencia de lo que me ocurría en una etapa personal más social, cuando juzgaba a los habitantes de las chabolas del País Vasco de entonces -años sesenta y setenta- o al proletariado urbano. Los contemplaba como miembros de un mundo admirable, no como víctimas, sino como elegidos.

Hay que tener en cuenta que para el hombre del ‘mundo desarrollado’, la riqueza material, el consumo, son parte primordial de su vida, y para muchos, lo más importante y sustancial de su existencia. Por esta razón, la muerte es vista como una desposesión, pues hace que el hombre se vea privado del mundo material. Nuestra felicidad está asociada a la posesión de bienes materiales.

Creo que la angustia o la decepción pertenece siempre a los inteligentes. El occidental no acepta la muerte de forma natural y vive de espaldas a ella. En nuestras sociedades, simbolizadas en metrópolis como Nueva York, el ser humano ha sido privado de su derecho a vivirla -la muerte- como el desenlace natural, pues la parece una terrible angustia que lleva a ocultarla y alejarla de su vida. La sola idea de una coexistencia diaria con la muerte suscita un sentimiento de angustia y rechazo. Por ello, las comunidades occidentales, separamos los cementerios, mediante ‘fronteras rigurosas’, del resto del espacio urbano. Son ámbitos de angustia y terror, donde los vivos penetran a hurtadillas y nos escabullimos aprisa y corriendo.

En oposición a nuestro mundo, el ‘La Ciudad de los Muertos’ o en otros cementerios musulmanes -makbara- donde el árabe habita o los visita todos los viernes, compartiendo con sus muertos de una forma más natural y aceptan la muerte como un ‘desenlace natural’. Gracias a ese contacto, los vivos se integran a un mundo que inexorablemente será suyo, fortaleciendo y apaciguando por dicha convivencia fecunda. Nosotros en nuestro vacío intento de llevarnos consigo la riqueza, tratamos de perpetuar en el cementerio nuestro estatus social y material, mediante la construcción de panteones o mausoleos suntuosos.

La ‘Ciudad de los Muertos’, un cementerio donde vive un millón de personas en el Cairo. “No hay motivo para tener miedo de los muertos”, sonríe Fathiya, ella, su marido y sus seis hijos viven en el panteón de la familia Zaruq, un notable de la época otomana cuyos descendientes siguen siendo enterrados bajo las losas sobre las que tiende la colada y corretean los pequeños. El mausoleo, cuyo pórtico testimonia un pasado mejor, se halla en la calle Al Hasan al Malakia de Qarafa, el mayor conjunto de camposantos de la capital de Egipto. A escasez de pisos asequibles confina a 15 de los 80 millones de cairotas a vivir en infraviviendas, algunas tan insólitas como barcas de pesca en el Nilo, chamizos levantados sobre las azoteas o panteones. Las construcciones funerarias dan fe de la tradición egipcia de sepultar a los muertos en ‘habitaciones’ que permitieran a sus familiares pasar con ellos el duelo de cuarenta días; una necrópolis convertida en metrópolis, donde la muerte no es clandestina como en Madrid, Nueva York, París o Londres.

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