El Bestiario

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

Aunque el comunicado policial habla de que la mujer Elaine Herzberg estaba caminando al ser arrollada, imágenes difundidas por la cadena estadounidense ABC muestran una bicicleta en el suelo junto al vehículo autónomo. Uber ha anunciado que suspende las pruebas que venía realizando con coches sin conductor en Tempe, Pittsburgh, Toronto y San Francisco. La compañía, que ha expresado sus condolencias a la familia de la víctima a través de Twitter, asegura que está cooperando con las autoridades en la investigación. No construimos máquinas inteligentes para que cometan los mismos errores que los humanos. Las hacemos para que sean más eficaces. Sin duda, estamos menos dispuestos a aceptar un fallo de una máquina que uno humano

El mito de Prometeo o el de Adán y Eva, castigados por robar el fuego de los dioses o por comer del árbol de la sabiduría, nos alecciona en contra de la ciencia y el afán de conocimiento. El miedo a la ciencia siempre ha estado presente de una forma u otra en la sociedad. Géneros como el terror o la ciencia-ficción con obras como la novela gótica ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ (1818). parecen destinados a coger el testigo de la religión y que no olvidemos el atávico miedo al conocimiento. Curiosamente, para transmitir este mensaje se utiliza ciencia, ya que mucha gente lee filosofía en un e-book y puede ver la versión cinematográfica de la novela de Mary W. Shelley en un teléfono móvil. Un leitmotiv dentro del género es que la tecnología se rebele y que nuestra obra acabe dominándonos o causando nuestra extinción. En ese caso no estaría a nuestro servicio, sino nosotros al suyo. Así, el mito judío del Golem habla de un sirviente que se escapa del control de su amo, y toda la serie de películas de ‘Terminator’ se basa en un futuro en el cual el sistema de inteligencia artificial Skynet pretende exterminar a la raza humana utilizando a las máquinas. Un golem es, en el folclore medieval, un ser animado fabricado a partir de materia inanimada. Normalmente es un coloso de piedra.

¿Somos esclavos de la tecnología? Esta pregunta se hace José Miguel Mulet Salort, doctor en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de Valencia, España, en un interesante trabajo ‘El hombre y la tecnología’ donde recalca que el miedo a la ciencia siempre ha estado presente en nuestras vidas. El profesor Mulet dirige una línea de investigación que trata de desarrollar plantas tolerantes a la sequía o al frío. En su faceta de divulgador científico, ha publicado los libros ‘Los productos naturales ¡vaya timo!’, ‘Comer sin miedo’, ‘Medicina sin engaños’, ‘La ciencia en la sombra’ y ‘Transgénicos sin miedo’… , además de numerosos artículos divulgativos en prensa digital y conferencias a nivel nacional e internacional.

Creo que es bastante evidente que la tecnología nos hace la vida más fácil. Por nada del mundo me gustaría vivir en una de las pocas sociedades pretecnológicas de cazadores-recolectores que quedan, como los hadzas de Tanzania o las tribus no contactadas del Amazonas. Una vida muy natural, pero muy poco sana, con una mortalidad elevada por circunstancias como partos o heridas que en las sociedades tecnológicas no revisten peligro. Prefiero tener un teléfono móvil y una ambulancia cerca si alguna vez sufro algún percance. Mi optimismo vital se vio perturbado días atrás con un titular que anunciaba el primer atropello mortal de un coche sin conductor. Una mujer de 49 años ha muerto en Tempe, Arizona (Estados Unidos) al ser atropellada por un vehículo sin conductor operado por Uber, según ha informado a través de un comunicado la policía local. “El vehículo se dirigía hacia el norte cuando una mujer que caminaba fuera del paso de peatones cruzó la calzada de oeste a este y fue arrollada por el vehículo de Uber”, señaló la policía en un comunicado. Es el primer atropello mortal protagonizado por un coche autónomo.

Aunque el comunicado policial habla de que la mujer estaba caminando al ser arrollada, imágenes difundidas por la cadena estadounidense ABC muestran una bicicleta en el suelo junto al coche autónomo, aparentemente dañada por el vehículo de Uber. La cadena ha informado de que el coche de Uber golpeó a una ciclista, identificada por la policía como Elaine Herzberg. ABC, citando a la policía, ha precisado que la víctima “caminaba con su bicicleta” cuando cruzó la carretera fuera del paso de peatones y fue atropellada. Uber ha anunciado que suspende las pruebas que venía realizando con coches sin conductor en Tempe, Pittsburgh, Toronto y San Francisco. La compañía, que ha expresado sus condolencias a la familia de la víctima a través de Twitter, asegura que está cooperando con las autoridades en la investigación.

 

¿Cuánta gente decía hace años que nunca tendría móvil y le acaba de enviar un whatsapp? ¿Somos esclavos de la tecnología?

El vehículo de Uber que ha protagonizado el accidente estaba en el modo autónomo, sin conductor, aunque había una persona en su interior tras el volante, Rafaela Vázquez, según ha informado la policía. Las primeras informaciones difundidas por la policía señalan que el accidente ocurrió en la noche. La mujer fue trasladada al hospital municipal, pero falleció por la gravedad de las heridas. Uber comenzó las pruebas con este tipo de vehículos en diciembre de 2017, en San Francisco. Tras levantarse gran revuelo al saltarse varios semáforos y descubrirse que carecían de permisos para rodar en la ciudad donde tiene su sede, decidieron trasladarse a Arizona. Entonces, presumieron de la apertura de la administración de dicho estado. Durante los últimos meses de la administración Obama, el gobierno federal aprobó un marco legal para poder hacer realidad este tipo de vehículos. El reto no es solo tecnológico, sino también social. Los humanos cometen errores, cambian de opinión, pueden retroceder mientras cruzan un paso de cebra. Las máquinas se limitan a seguir reglas. Apenas pueden asumir lo que significa una excepción. La mezcla de ambos, humanos e inteligencia artificial en movimiento es la fricción principal. Según los investigadores en este campo, en 2020 sí habrá avances que lo hagan virtualmente posible.

Antes de Uber, Google comenzó a poner estos vehículos autónomos en los alrededores de su sede de Mountain View y la carretera 101, que une Silicon Valley con San Francisco. De ese experimento con un biplaza sin volante con forma de huevo, el coche apodado ‘Koala’, nació Waymo, su división para explorar esta forma de transporte. Esta carrera por la innovación entre Google y Uber se saldó con un robo de empleados, patentes y un largo juicio que le ha costado a Uber 245 millones de dólares como compensación al buscador. Ford, un símbolo de la cultura americana, creadores de la cadena de montaje, también ha mostrado interés en sumarse a este tipo de tecnología. Desde Japón, Toyota cuenta con un equipo tanto local como un laboratorio en Silicon Valley. En julio de 2016 trascendió la primera muerte conocida de un pasajero en un coche que viajaba en un coche con el piloto automático. El conductor de un Tesla Model S chocó contra un camión en Florida mientras veía una película.

Creo que la mejor forma de darnos cuenta de que la tecnología está al servicio del hombre es considerar que siempre se ha desarrollado en función de las ideas del hombre y para buscar su comodidad, y nunca el hombre se ha tenido que amoldar a la tecnología. De hecho, cuando a la larga se ha visto que algunos conceptos eran equivocados, se ha desarrollado tecnología en función del error. Un ejemplo: en la antigüedad se pensaba que el útero de la mujer era un órgano móvil que solo se fijaba durante el embarazo, de forma que cuando se acercaba demasiado a la cabeza podía producir un estado alterado al que se llamaba histeria (por útero en latín). Por suerte, gracias a gente como Vesalio, que empezó a estudiar anatomía haciendo disecciones de cadáveres, aprendimos a localizar los órganos y confirmamos que ninguno deambulaba por el cuerpo. En el siglo XIX ya sabían que el útero estaba fijo, pero los médicos ante cualquier tipo de conducta extraña o fuera de lo habitual en una mujer diagnosticaban histeria. Había varios tratamientos, pero uno de los más efectivos era un masaje de útero, que llevaba a un estado conocido como “paroxismo histérico”, después del cual la paciente entraba en una fase de profunda relajación, ¿lo han pillado? En este contexto se desarrollaron toda una serie de artilugios y aparatos de uso médico para facilitar que la mujer consiguiera llegar al estado de paroxismo histérico, que hoy llamamos orgasmo. La histeria hace tiempo que está descatalogada como enfermedad mental y, concomitantemente, toda esa tecnología ya no es de uso médico. No obstante, la ciencia tiene utilidad, y de la misma forma que los teléfonos móviles que originalmente eran para comunicarse hoy tienen infinidad de aplicaciones, los artilugios desarrollados para facilitar el paroxismo histérico ahora son de uso recreativo. También hay tecnología en un sex shop y siempre para mejorar (o alegrar) la vida de la gente.

¿Somos esclavos de la tecnología o están los avances a nuestro servicio? Podemos quejarnos de que cada vez somos más dependientes, pero esto no es más que un reflejo de cómo nos ha facilitado la vida. ¿Cuánta gente decía hace años que nunca tendría móvil y le acaba de enviar un whatsapp? Lo mismo podría decirse de Internet: había quien afirmaba que nunca se conectaría porque era propiedad del Ejército americano. Pero ¿cuántas cosas hacemos al cabo del día en la Red? Quizás ahora tenemos más posibilidades porque la tecnología está a nuestro servicio y no al revés. Sin embargo, no está de más, el mantener en nuestra vida otros usos y costumbres para lograr un equilibrio comunicacional. No podemos olvidarnos de defender una tertulia en un café con amigos y amigas donde hablemos, nos miremos, nos riamos, nos enfademos, compartamos… Cuando un líder político o social nos caía mal, te despedías con un saludo manual ‘flojo’, donde le transmitías un claro desprecio. Hoy, cuando alguien de tu entorno familiar -principalmente colaterales como cuñados, yernos, nueras, suegros y suegros…- te lanza un ‘te mando un whatsapp’, te está diciendo a la cara, descaradamente, “no vengas a la casa pues no eres bien recibido, no quiero desayunar un lechero en la cafetería ‘Nader’ de la calle Nader, detrás del Ayuntamiento del Gobierno de Remberto Estrada, ni comer un ‘antojo’ en el restaurante ‘El Atajo’ de Pepe, frente a Bahía Azul, en Cancún…”.

 

‘Frankenstein or, The Modern Prometheus’ es una novela gótica sobre la moral científica y el atrevimiento de la humanidad en su relación con Dios

‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ es una obra literaria de la escritora inglesa Mary Shelley. Publicado el 11 de marzo de 1818 y enmarcado en la tradición de la novela gótica, el texto habla de temas tales como la moral científica, la creación y destrucción de vida y el atrevimiento de la humanidad en su relación con Dios. De ahí, el subtítulo de la obra: el protagonista intenta rivalizar en poder con Dios, como una suerte de Prometeo moderno que arrebata el fuego sagrado de la vida a la divinidad. Pertenece al género ciencia ficción. La novela narra la historia de Víctor Frankenstein, un joven suizo, estudiante de medicina en Ingolstadt, obsesionado por conocer “los secretos del cielo y la tierra”. En su afán por desentrañar “la misteriosa alma del hombre”, Víctor crea un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres diseccionados. Cabe aclarar que en ningún pasaje de la historia original se hace mención al uso de la electricidad para dar vida a la criatura; si bien Víctor Frankenstein confiesa haberse sentido atrapado por el poder de las tormentas eléctricas e incluso mencionar las posibilidades del galvanismo, en ningún párrafo del texto se hace mención a que la criatura de 2,44 metros de altura, haya sido animada mediante electricidad.

Es importante mencionar que Frankenstein se cuida de no dar detalles de sus experimentos a fin de que nadie repita tal abominación. Se señala también que el ‘Monstruo de Frankenstein’, se le conoce en la cultura popular como Frankenstein pero en realidad en toda la obra dicho ser no posee un nombre real, tan solo apelaciones como ‘ser demoníaco’, ‘engendro’, ‘la criatura’, ‘horrendo huésped’. Víctor Frankenstein comprende en ese momento el horror que ha creado, rechaza con espanto el resultado de su experimento y huye de su laboratorio. Al volver, el monstruo ha desaparecido y él cree que todo ha concluido. Pero la sombra de su pecado le persigue: el monstruo tras huir del laboratorio, siente el rechazo de la humanidad y despierta en él el odio y la sed de venganza. Tras un período de convalecencia debido al exceso de trabajo, y después de enterarse del asesinato de su hermano menor William, Víctor regresa a su Ginebra natal con su familia y su prometida, solo para descubrir que detrás del crimen está el furor de la criatura que él ha traído a la vida. La culpa de Víctor se hace mayor cuando permite que una sirvienta de la familia -Justine Moritz- sea condenada a muerte y ejecutada, acusada del crimen.

Víctor decide ir a la montaña para recuperar su decaído ánimo. Cerca del Montblanc se encuentra de nuevo con el monstruo. Éste le cuenta cómo aprendió a hablar espiando secretamente a una familia a la que ofrecía pequeños regalos en forma anónima, y cómo la familia le rechazó al descubrir su aspecto físico, rechazo que se repitió ante cada encuentro con seres humanos. Entonces la criatura promete no volver a entrar en la vida de Víctor, pero le pide, como su creador, que complete su obra y cree una compañera para él. Su discurso y sus motivos son tan elocuentes que Víctor accede a la petición y promete crearle una compañera. En una isla de Escocia establece un nuevo laboratorio. Allí comienza de nuevo a experimentar. Pero sus remordimientos son fuertes y al final decide destruir la segunda creación antes de llegar a darle vida. Entonces el monstruo, que sigue de cerca los trabajos de Víctor, jura vengarse. Esta venganza tomará forma con el asesinato de su mejor amigo Clerval y después, con el asesinato de Elizabeth, la prometida de Víctor, en la noche de bodas de ambos. A causa de todas estas muertes a su familia, el padre de Víctor, Alphonse, también fallece.

Decidido finalmente a terminar con su creación, Víctor persigue a la criatura hasta el confín del mundo. Víctor muere en un barco que le recoge entre los hielos del Ártico. Poco después de la muerte de Víctor, el barco es abordado por la propia criatura que termina por relatar sus motivos y triste historia al capitán. La novela termina con la confesión de la criatura de que pondrá fin a su miserable existencia: “No tema usted, no cometeré más crímenes. Mi tarea ha terminado. Ni su vida ni la de ningún otro ser humano son necesarias ya para que se cumpla lo que debe cumplirse. Bastará con una sola existencia: la mía. Y no tardaré en efectuar esta inmolación. Dejaré su navío, tomaré el trineo que me ha conducido hasta aquí y me dirigiré al más alejado y septentrional lugar del hemisferio; allí recogeré todo cuanto pueda arder para construir una pira en la que pueda consumirse mi mísero cuerpo”. La novela es narrada a través del diario del navegante Robert Walton durante su comunicación epistolar con su hermana Margaret. Finalmente la historia termina siendo el relato de Víctor, contado en las palabras de Walton.

 

‘Frankenstein’, una alegoría de la perversión que puede traer el desarrollo científico, en las fases tempranas de la revolución industrial

La novela se subtitula ‘El moderno Prometeo’, sugiriendo de esta manera la principal fuente de su inspiración. Una de las obras favoritas de Lord Byron era la obra teatral de Esquilo, dramaturgo griego. Predecesor de Sófocles y Eurípides, es considerado como el primer gran representante de la tragedia griega.​ Nació en Eleusis, Ática, lugar en el que se celebraban los misterios de Eleusis. Pertenecía a una noble y rica familia de terratenientes. En su juventud fue testigo del fin de la tiranía de los Pisistrátidas en Atenas… Prometeo también se presenta a veces como el escultor de la humanidad, un titán que, según explicaría esta leyenda, creó al hombre a partir de la arcilla. La novela no es una simple reescritura del mito clásico, ya que, a diferencia del titán, el moderno Prometeo no es castigado por los dioses, sino por su propia creación. En cierto sentido, el de Prometeo es otra elaboración del mito de diferenciación entre la humanidad y la naturaleza, por el conocimiento y la técnica, y el castigo que ello conlleva, y tiene conexiones con la idea bíblica del demonio. La descripción de la criatura realizada por Mary Shelley se nutre directamente del personaje de Satán en ‘El paraíso perdido’ de John Milton, uno de los hitos en la historia de la literatura británica, muy valorado por los intelectuales de principios del siglo XVIII.

En cierta forma Frankenstein es una alegoría de la perversión que puede traer el desarrollo científico; concebido y escrito durante las fases tempranas de la revolución industrial, una época de cambios dramáticos, detrás de los experimentos de Víctor Frankenstein está la búsqueda del poder divino: ¿qué mayor poder que el propio acto de creación de la vida? Así, el total desprecio que muestra Frankenstein por la naturaleza puede ser considerado como símbolo de las fuerzas imperiosas que desata el permisivo capitalismo naciente, que no respeta la dignidad básica del ser humano. De hecho, la rebelión de la criatura contra su creador es un claro mensaje del castigo que deriva del uso irresponsable de la tecnología, siendo el mal solo una consecuencia imprevista de este uso.

Otra lectura del texto descubre en él una alegoría del embarazo y de los miedos frecuentes que las mujeres tenían en tiempos de Shelley de que el nacimiento acarrease consecuencias fatales para la madre o para los fetos prematuros. Esta interpretación se sustenta en el hecho de que Mary Shelley había tenido un parto prematuro poco antes del verano de 1816. Así, al igual que Mary, Víctor estaría obsesionado por la idea de que la criatura escapara a su control y pudiera ejercer el libre albedrío en un mundo que le afectaría de una u otra manera. Se argumenta a favor de este análisis que el personaje de Víctor teme, durante gran parte de la novela, que la criatura pueda destruirle asesinando a todos los que él más quiere y aprecia. El nombre de Frankenstein probablemente alude al pueblo del mismo nombre, entonces alemán, hoy en Polonia, donde se extraía plata y oro con nuevos procedimientos químicos que comportaron importantes problemas de salud. Otra teoría sostiene que refiere a un castillo cercano a Darmstadt, donde un notorio alquimista, llamado Johann Conrad Dippel, hizo algunos experimentos con cuerpos humanos. Mary Shelley habría conocido el castillo durante su viaje a Suiza.

La elección de la Universidad de la ciudad bávara de Ingolstadt como escenario de los experimentos de Víctor Frankenstein bien puede responder a la fama que tenía su departamento de medicina alrededor de 1800, año en el que fue cerrado. También se suele señalar que la sociedad secreta de los Illuminati fue fundada en esta ciudad y que Percy Shelley era miembro de dicha organización. De hecho, la alquimia era muy popular entre los románticos en aquella época y en el entorno de los Shelley. Por otra parte, era una idea corriente que la humanidad podía llegar a insuflar la chispa de la vida en la materia muerta.

 

Las empresas tecnológicas de dispositivos de conducción mantienen su apuesta, afirman que evitarían más del 50% de los accidentes

Los desarrolladores de coches inteligentes mantienen la apuesta tras el accidente mortal del vehículo autónomo de Uber en Tempe (Arizona), en el que falleció una mujer el pasado 19 de marzo. Aseguran que más de la mitad de los atropellos actuales, salidas de carril y colisiones frontales se evitarían con los sistemas actuales de ayuda a la conducción. En el caso de EE UU, aseguran que era inevitable por la falta de visibilidad y la supuesta imprudencia de la víctima. Pero están dispuestos a perfeccionar unos sistemas sobre los que consideran que no hay marcha atrás. El accidente, el primero con atropello mortal, ocurrió cuando el vehículo se encontraba en modo autónomo y con un piloto en el asiento del conductor, una medida que no es exigible en Arizona, aunque sí en otros Estados, como en California.

La autoridad norteamericana de tráfico (National Transportation Safety Board) ha enviado a un equipo a analizar las circunstancias del siniestro y la “interacción del coche con el entorno, otros vehículos y usuarios vulnerables, como peatones y ciclistas”. Por el momento no se ha determinado si el siniestro se ha debido a un fallo tecnológico de los sensores, que no identificaron a tiempo la presencia de la mujer, o si fue inevitable por las circunstancias de falta de luz, visibilidad o la presencia de algún objeto que impidió el trabajo de los sistemas de detección. Elías Izquierdo, director de Mobileye, una empresa de Intel dedicada a dispositivos inteligentes de ayuda a la conducción, defiende que los “sistemas de seguridad no causan accidentes, sino que los evitan” al funcionar como elementos de aviso y prevención. Pero advierte que los implantados actualmente no deben ser considerados como sustitutos del conductor. “Sirven para lo que están diseñados, para ayudar”. Izquierdo defiende que estos sistemas, de haber estado implantados en todos los vehículos que circulan en España, habrían evitado un 54% de las colisiones frontales, un 58% de los atropellos y un 68% de las salidas de carril, según un estudio avalado por la Dirección General de Tráfico. En total, 51.000 siniestros.

Esta cifra, comparada con el único atropello mortal registrado por un vehículo autónomo y la muerte de un conductor en 2016 por la colisión de un Tesla Model S, hacen pensar que el siniestro de Tempe no debe condicionar el desarrollo de una tecnología que avanza mucho más rápido que el sector del automóvil a la hora de incorporar de serie los sistemas de seguridad. En la actualidad, menos de un 30% de los vehículos de España circulan con la tecnología de asistencia que convierten a los coches en parcialmente inteligentes. Izquierdo asegura que la incorporación de sistemas inteligentes ya se ha impulsado en otros países, como Israel, donde son obligados para los vehículos de más de 3,5 toneladas y en autobuses. El resultado desde el comienzo de los incentivos, en 2012, ha sido una reducción de entre un 12% y un 15% de los accidentes. Defienden que son mucho más fiables que las personas a la hora de conducir, ya que el factor humano está detrás del 93% de los siniestros, según datos de la DGT. Por esta razón, los desarrolladores de coches con avanzados sistemas de seguridad creen que la carrera es imparable, pese al mediático accidente de Arizona. Para impulsarlo, defienden la creación de una legislación y un sistema de incentivos que los generalice y abarate su implantación en los vehículos.

 

Perfeccionar el sistema, los coches autónomos no garantizan hoy la seguridad ni la interacción correcta con las personas

Uber ha suspendido provisionalmente las pruebas de coches sin conductor después de que un vehículo autónomo atropellase a una mujer en Tempe (Arizona) que murió a causa del golpe. El accidente indica que el desarrollo de la tecnología de los coches autónomos, una sofisticada interacción de cámaras, escáneres y radares gobernados por un procesador, carece aún del grado de seguridad adecuado para alcanzar el nivel infalible que se espera de la inteligencia artificial. Los ingenieros y diseñadores de este tipo de vehículos tendrán que perfeccionar el sistema por el que los cientos de miles de datos instantáneos que recibe el procesador se convierten en una decisión correcta al límite del 100%. Quienes suponían que el coche sin conductor era ya un hecho pueden haberse precipitado. Por una razón evidente: el procesador de información no reacciona siempre correctamente. En primer lugar, porque quizá no pueda convertir la información en decisiones correctas; y después, porque tiene que responder a la conducta impredecible de las personas a las que debe respetar.

El coche sin conductor plantea algo más que un problema de progreso tecnológico. En el supuesto de que estuvieran preparados para circular por las calles, tendrían que convivir con conductores humanos. Esta circunstancia introduce al mismo tiempo un grado complejo de impredecibilidad y la capacidad innegable de las personas para responder a situaciones insólitas. Lo cual, a su vez, propone cuestiones legales y éticas que no se resuelven desde el campo de la inteligencia artificial. Por ejemplo, ¿quién es el responsable de un accidente provocado por un coche autónomo? Lo cual conduce seguramente a la necesidad de que, sea cual sea el grado de seguridad tecnológica, sea exigible siempre la presencia de una persona a bordo. Lo ocurrido nos lleva a reflexionar, en primer lugar, si este tipo de incidentes y su posible incremento puede llegar a dificultar el desarrollo y uso generalizado del coche autónomo; pero sobre todo, hasta qué punto la ciencia podrá desarrollar próximamente y con éxito un vehículo que sea capaz de resolver satisfactoriamente, y mejor que la mente humana, las numerosísimas variables que pueden plantearse durante la conducción.

 

‘Black Mirror, el ‘Espejo Negro’ de la tecnología drogodependiente, una serie de televisión británica creada por Charlie Brooker

No hay otra serie como ‘Black Mirror’ en televisión. Eso lo sabemos desde que esta antología de ciencia ficción sobre tecnología y comunicación en el siglo XXI aterrizó en 2011 en el canal británico Channel 4. La creación de Charlie Brooker, provocadora y directa, no tardó en ser un fenómeno. En 2016 llevó a cabo su salto internacional gracias a la plataforma digital Netflix, que produjo seis nuevos capítulos, los que componían su tercera temporada. La cuarta llegó cuando 2017 estaba a punto de despedirse, con otros seis episodios independientes y muy distintos entre sí. De esta forma, la serie ya suma 19 episodios. Todo comenzó con ‘El himno nacional’: un terrorista, quien es un artista reconocido, exige que el primer ministro británico haga el amor en televisión con una cerda, si quiere evitar la muerte de la infanta, adicta a las redes sociales y militante medio ambientalista…; el guión destapó los quereres gorrinos del primer ministro británico James Cameron, en sus tiempos universitarios; “Mierda. Ahora resulta que ‘Black Mirror’ se ha convertido en una serie documental”, comentaba su creador.

‘Black Mirror’ muestra el lado oscuro de la vida y la tecnología. Cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora. Brooker explicó el porqué del título de la serie a The Guardian, y señaló: “Si la tecnología es una droga -y se siente como tal- entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios? Esta área, entre el placer y el malestar, es donde ‘Black Mirror’, mi nueva serie, está establecida. El ‘Espejo Negro’ (Black Mirror) del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”. Y ahora, un ‘coche autónomo’…

La televisión, gracias a sus nuevas ‘teleseries’, está viviendo un momento importante ‘enganchando’ a millones de ciudadanos. Hace apenas un par de años, unos amigos, cuando vinieron al Hospital Galenia de Cancún a compartir unos momentos con nuestra familia tras el nacimiento de mi cuarto nieto, Marcelo, tras Amaia, Lucas y Telmo, nos explicaron los porqués de su ‘desaparición’: “Estamos siguiendo varias series estadounidenses a la vez…”. En ‘El himno nacional’ es secuestrada una princesa de la familia real inglesa. El terrorista, quien es un artista reconocido, exige que el primer ministro británico haga el amor en televisión con una cerda, si quiere evitar la muerte de la infanta, adicta a las redes sociales y militante medio ambientalista…

 

La imaginación apocalíptica del Reino Unido, un género tan idiosincrático como la mismísima reina o el té de las cinco

En Londres, unos días antes, se revelaba que el entonces premier, David Cameron realizó, en sus años de universitario, actos sexuales con la cabeza de un cerdo. ‘Black Mirror’, como sabemos sus seguidores más fieles, no es una serie distópica, ni mucho menos un intento de predicción futura: es una ficción retro, un relato que habla en pretérito. De hecho, el propio Charlie Brooker, asombrado por las semejanzas entre el testimonio de lord Ashcroft (quien destapó la excentricidad de Cameron) y el primer capítulo de su serie, tuiteó: “Mierda. Ahora resulta que Black Mirror es una serie documental”. Y es que ya saben el argumento de aquel ‘National Anthem’: el primer ministro británico copula con una cerda en ‘prime time’ para, siguiendo las instrucciones del terrorista, salvar a una princesa secuestrada.

‘Black Mirror’ pertenece a una ilustre genealogía a la que un reciente programa de BBC Radio 4, ‘Very British Dystopias’, otorgaba carta de naturaleza como un género tan idiosincrático como la mismísima reina o el té de las cinco. Aunque son muchos quienes han avanzado teorías sobre el origen de esta inclinación nacional por la imaginación apocalíptica, es a Robert Lee Martínez a quien debemos la aproximación más iluminadora sobre el asunto. Según cuenta en su ‘No future: The Realist Impulse in Dystopian Fictions in Britain, 1973-1987’, a la II Guerra Mundial y la amenaza de los sistemas autoritarios, catalizadores de las más clásicas distopías (que podríamos remontar al ‘Brave New World’ de Aldous Huxley o al ‘1984’ de George Orwell), les sucede en Gran Bretaña un periodo donde el optimismo de posguerra pronto se verá traicionado por repetidas crisis económicas y políticas liberalizadoras que harán concebir el presente como un tiempo distópico (por otra parte, nada que resulte extraño en el México actual).

 

La posguerra mundial y la era atómica dan lugar a la llamada ‘época paranoica’ y sus relatos en un futuro de regímenes totalitarios

La guerra fría y la era atómica ofrecerán el decorado a una programación que, en clave local, se llena de huelgas masivas, atentados del IRA, represión estatal, acciones de grupos paramilitares, conflictos armados y hooliganismo, todo ello en medio de la dramática desarticulación de la clase obrera. Esta es la salsa en la que, tras la crisis del petróleo del 73 y el ascenso de Margaret Thatcher al poder (1979-90), se cuecen las principales estéticas del desencanto, una new wave que traduce musicalmente el malestar del día a día (Sex Pistols, The Clash, Joy Division, The Cure) y que en otros órdenes artísticos contempla la aparición de algunos de los últimos grandes narradores de ciencia ficción (J. G. Ballard, Arthur C. Clarke, A. Burgess), los grandes gurús del cómic distópico (Alan Moore, Grant Morrison) y los directores más celebrados del cine futurista con sello de autor (Stanley Kubrick, Terry Gilliam, Ridley Scott). Hablamos del periodo que sienta las bases éticas y estéticas de estas distopías tan británicas en las que se incluye ‘Black Mirror’ y de las que podríamos trazar un pequeño (e inexacto) recorrido cinematográfico en cuatro fases…

La posguerra mundial y la era atómica dan lugar a la llamada ‘época paranoica’ y sus relatos ubicados en un futuro de regímenes totalitarios, apocalipsis nucleares o invasiones extraterrestres, entre los que destacan programas televisivos como ‘The Quatermass Experiment’, ‘1984’ (la primera versión cinematográfica y la adaptación televisiva), ‘Dr Wo’… Las crisis de los años setenta y ochenta sitúan la crítica social en el centro de la imaginación distópica, con representaciones que exploran un presente alternativo donde se extreman las dinámicas cotidianas (no en vano, la segunda adaptación cinematográfica de ‘1984’ se estrena en 1984). ‘Fahrenheit 451’ (de producción británica), ‘La naranja mecánica’ o ‘Brazil’ integrarían este ilustre conjunto. Los años noventa y la primera década de los 2000 privilegian, por su parte, los efectos del cambio climático y los avances en la ingeniería genética. Recordemos que la oveja Dolly nace en 1996 y que en 2003 se presenta la secuencia completa del genoma humano, lo que motiva películas como ‘Doce monos’, ‘Veintiocho días después’, ‘Resident Evil’ o ‘Hijos de los hombres’. El último giro se produce tras la revolución de las tecnologías de la comunicación y sus repercusiones sobre la identidad personal (reaparece el cyborg), así como la crisis económica de 2008, que vuelve los ojos hacia la gobernabilidad económica y social. Aquí destacan ‘V de vendetta’ (la película), ‘Black Mirror’, ‘Ex-Machina’ o ‘Humans’ (que camina por su primera temporada), mientras podríamos preguntarnos cuántas dosis de retrodistopía política contiene ‘Juego de tronos’.

 

Testimonia la dirección única que adopta la utopía tecnológica en su impulso hacia el universo inmutable del androide

La serie sitúa a personajes y espectadores sobre una precaria resistencia a las innovaciones, reacios a aceptar el escenario propuesto, en que la realidad digital se anticipa a una realidad física que aparece como consecuencia accidental de la primera. El impulso distópico de ‘Black Mirror’ se refleja en el anuncio de la progresiva eliminación de los restos de humanidad, descritos como imperfectos y fallidos, que aún subsisten de la relación con la máquina. Si la serie no se interesa por los desequilibrios políticos es porque sugiere que el elemento que nos separa de la armonía social reside en nosotros, en una condición “demasiado” humana que ya no está a la altura de la eficacia y estabilidad de la máquina. De este desbalance surge la autodestrucción que persigue a los personajes, que o bien se ven superados por una tecnología que no saben manejar (en ‘The Entire History of You’ el dispositivo de memoria extrema los celos, hasta el enloquecimiento, de un protagonista que no puede dejar de reproducir las escenas en que advierte la traición de su esposa), o sufren una condena social vinculada a la lógica de la repetición, como ocurre en ‘White Bear’ y en ‘White Christmas’, donde los individuos son sometidos a penas infinitas disfrazadas por la asepsia de lo digital.

‘Black Mirror’ testimonia la dirección única que adopta la utopía tecnológica en su impulso hacia el universo inmutable del androide, la renuncia a las pasiones y contradicciones en favor de la permanencia del sistema. Nada de desarreglos: las múltiples elecciones de las que dispone el nuevo hombre deniegan la entropía en favor del control y el cálculo: gimnasio diario, productos orgánicos, chequeos periódicos, hidratación, yoga, dejar de fumar, reducir el café, dormir lo idóneo para una existencia automatizada que contempla cualquier tentación dionisíaca como un desvío que resta ‘Merits’.

 

‘El himno nacional’ cuestiona a los medios de comunicación y su papel al forzar las decisiones de un gobierno a golpe de ‘trending topic’

‘Black Mirror’ es, en tan sólo sus primeros capítulos autoconclusivos e independientes, potente y contundente. Una sátira moderna que impacta y una puesta al día de aquel aire fantástico que tenía la ‘Dimensión desconocida’ utilizando la obsesión por la tecnología como motor y excusa. ‘Black Mirror’ es una patada en la entrepierna con saña y alevosía mientras tú estabas tuiteando que te encontrabas a punto de recibir una patada. ‘El himno nacional’. El primer capítulo transcurre en un futuro no demasiado lejano y su trama nace y se construye en torno a una extorsión demencial que se nos desvela durante los primeros minutos de historia, un chantaje pasadísimo de rosca cuya principal demanda se encuentra en las antípodas de la sutileza. La perversa firma de Brooker en el guión resulta omnipresente. Lo más interesante de todo es que a partir de aquí el capítulo toma la férrea decisión de construir un thriller político totalmente en serio. Y lo sorprendente es que lo consigue sin tambalearse hacía lo puramente mundano y zafio, como hubiera sido de esperar.

‘El himno nacional’ cuestiona a los medios de comunicación y su papel en una sociedad que cada vez dispone más herramientas (twitter, facebook o youtube) para extender con suma facilidad y a la velocidad de la luz cualquier noticia e incluso forzar las decisiones de un gobierno a golpe de ‘trending topic’. Pero también aborda otras cuestiones: el valor de la dignidad humana, el deber de la figura pública, la existencia de una sociedad deshumanizada y abotargada ante un degradante espectáculo televisivo. Pan y circo. Con animales. El capítulo funciona de manera inteligente en su base: tras el desquiciado arranque el espectador habrá mordido el anzuelo, y la consecuente maratón contrarreloj para abordar de un modo u otro la crisis le resultará como mínimo curiosa. Pero sus méritos van más allá; está narrado con destreza, convirtiendo en elegante algo que en absoluto lo es y manteniendo un pulso constante entre el drama y ese humor negrísimo que se respira. Rory Kinnear está patéticamente perfecto en su papel. El conjunto es una especie de ‘The Thick of It’ en plan Historias Asombrosas pasado por un filtro jodido y demente en el que se alumbran algunos instantes brillantes, como aquel en el que la jocosidad de la población ante la situación acaba convirtiéndose poco a poco en compasión. Y una vez visto el capítulo, desde un punto de vista más lejano se hace presente que nos acaban de contar un chiste cruel, una fábula de sádica sorna, y que lo han hecho manera estupenda. Pasatiempo mental propuesto: Imaginarse a los dirigentes políticos de la Tierra condenados al mismo destino del primer ministro del capítulo y tratar de calcular cuántos de ellos lo harían. Cuantos lo harían por vicio, me refiero.

 

El #piggate de David Cameron demuestra una vez más que la vida no es más que un reflejo de la ficción televisiva,  la vida imita a las series

Nos topamos con una noticia que nos está trayendo, todavía, a excepción de Donad Trump que no se entera, a todos de cabeza: el ex primer ministro inglés podría haber realizado actos sexuales con un cerdo en su época universitaria. Uno podría pensar que el recuento que hace el escritor Michael Ashcroft en su libro ‘Call Me Dave’ de las jornadas de iniciación a una sociedad estudiantil en la Universidad de Oxford por el aquel entonces, joven David Cameron, suscitaría en el mundo respuestas que se moverían entre el asco absoluto y la incredulidad férrea, contemplando todo lo que quepa entremedias. Pero se equivocaría. Porque lo que realmente nos sorprende de la noticia no es que el representante político de una de las mayores potencias del mundo pudiera haber insertado su pene en la boca de un cerdo decapitado para mayor deleite propio y de sus compañeros. Lo que llevamos días gritando desde los tejados de nuestras redes sociales y nos tiene completamente locos es que ¡esto es exactamente lo que ocurría en el primer episodio de Black Mirror! En nuestra sociedad televisiva por tradición y seriéfila por méritos continuados recientes, es el traslado de la ficción más esperpéntica a la realidad lo que nos tiene a todos descolocados, y no, como podríamos imaginar, el acto esperpéntico en sí.

‘The national anthem’, el capítulo que ahora está en boca de todos, fue la carta de presentación de una de las series más alabadas de nuestra era. ‘Black Mirror’ arrancaba su andadura un 4 de diciembre de 2011 tal que así: La princesa Susannah es secuestrada, y la única condición que pone su raptor para dejar en libertad a este amado miembro de la familia real, es la retransmisión en directo del acto sexual entre el premier británico y un cerdo. De entre todas las cosas que pasaron por la cabeza de Charlie Brooker, autor de la serie, durante la creación de esta improbable premisa (improbable hasta hace unos meses, al menos), algo nos dice que tener que hacer una declaración pública vía Twitter sobre su desconocimiento absoluto de los hechos relatados en el libro de Ashcroft, no era una de ellas. “Espero que White Bear no sea el siguiente en hacerse realidad”, bromeaba Brooker, recordando otro de los episodios más comentados de su serie (del que no desvelaremos más para no estropearle la fiesta a los que aún estén por catar las mieles de esta joya británica seriéfila). Pero las cosas se complican cuando nuestra percepción cultural, perfilada por el consumo desatado de series al que nos hemos abandonado gustosos, da lugar a conjeturas, comentarios y, en el peor de los casos, bromas cuestionables. Las series llevan tiempo tomándole el pulso a la sociedad con una destreza que nada tiene que envidiarle a otros medios contemporáneos. Y otras, directamente, han conseguido ver nuestro camino antes de que decidiéramos emprenderlo. Puede que el arte imite a la vida, pero la vida imita a la televisión. Es la otra ‘Rebelión en la granja’ de George Orwell.

 

Aceptamos como inevitables los errores humanos, cuando es una máquina la que comete el error la sensación es bien distinta

Cada día en EE UU mueren 100 personas en accidentes relacionados con un vehículo a motor. Pero mientras que aceptamos como inevitables los errores humanos detrás de la mayoría de estas muertes, cuando es una máquina la que comete el error la sensación es bien distinta. ¿Qué pasó en Tempe, una localidad rural de Arizona, para que un coche autónomo en pruebas atropellara mortalmente a una mujer? De momento, la compañía propietaria del vehículo, Uber, ha pisado el freno y paralizado hasta nuevo aviso sus pruebas en entornos reales. Además de Uber, la decisión afectaría a la compañía Waymo, que actualmente ofrece sus servicios de taxis sin conductor en el estado. El mundo del coche autónomo, tan prometedor, aguanta la respiración por unos días a la espera del resultado de la investigación.

Si Uber retoma sus pruebas, y si Arizona sigue dándoles permiso para hacerlo, dependerá de si el accidente, una vez investigado, apunta a un exceso de confianza. En otras palabras: ¿es demasiado pronto para testar estos vehículos en entornos reales? “No me parece que ese sea el problema en este caso. Había un conductor humano al volante, y esta persona tampoco fue capaz de reaccionar a tiempo. No parece haber sido un fallo de la tecnología”, argumenta Chris Nicholson, CEO de Skymind, una empresa líder en aplicaciones de ‘deep learning’ utilizada por los coches autónomos. A falta de un informe completo sobre el accidente, los detalles que han trascendido (eran las 10 de la noche, la víctima cruzaba desde la mediana de la carretera en una zona no señalizada) apoyarían esta teoría.

Cabe preguntarse si un conductor al volante de un coche que se conduce solo presta la misma atención durante todo el trayecto a la carretera o es más susceptible de distraerse en un momento dado. Si el hecho de llevar conductor humano “de refuerzo” no sirve a los vehículos autónomos en pruebas para evitar accidentes mortales, los tests en entornos reales pueden acabar relegados a un momento mucho más lejano en el futuro. “Google (Waymo ahora) lleva diez años testando sus vehículos en California y no ha tenido ningún accidente. No me parece que se pueda poner a todas las compañías en el mismo saco”, opina el profesor de la Universidad de Delft y doctorado en robótica de sistemas autónomos del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Javier Alonso-Mora.

 

El probar estos vehículos ‘inteligentes’ en entornos reales es indispensable si queremos que sean realmente inteligentes y seguros

Lo cierto es que a largo plazo no puede haber vehículo autónomo sin pruebas en entornos reales. Como explica Nicholson, “los algoritmos empiezan siendo tontos. Solamente puedes hablar de una máquina inteligente después de haber introducido en ella una cantidad suficiente de datos y posibilidades. Así que probar estos vehículos en entornos reales es indispensable si queremos que sean realmente inteligentes y seguros”. Para conseguir un coche sin conductor del que nos podamos fiar en el futuro y que sea, como prometen los expertos en esta tecnología, mucho más seguro que un coche conducido por un humano, hay que probarlo en circunstancias reales, con otros conductores reales, con otros peatones reales. Es decir, el sistema tiene que fallar primero para poder ser casi infalible después. “Y ahí tenemos la clave: cómo conseguir que las máquinas aprendan sin que se produzcan muertes”. Hay diferentes maneras: incorporar conductores humanos, como el que llevaba este vehículo de Uber, y probar los coches en entornos cerrados o virtuales. Pero nada es tan eficaz como un entorno real. Esta no será la última vez que nos enfrentemos a una situación así”, vaticina Nicholson.

Arizona es uno de los estados más permisivos con este tipo de pruebas. En California se acaban de aprobar las pruebas de vehículos autónomos sin conductor de seguridad y ya hay 50 compañías que han obtenido permiso para hacer estas pruebas en sus carreteras. Los más cautos piden una regulación a nivel federal. ¿Y qué pasa con los sistemas de frenado automático que tantos coches han ido incorporando? Cada marca tiene su propia tecnología que incluye el uso de sensores, cámaras y hasta ultrasonido para detectar la proximidad de un objeto y frenar por sí solos. Desde marcas de alta gama como Mercedes Benz a otras de gama media como Subaru han incorporado algún sistema automático de frenado que evita colisiones. Estos sistemas son especialmente eficaces para evitar choques aparcando o en situaciones de tráfico intenso con el vehículo de delante, y, según cálculos del Instituto de Seguridad Vial en autopistas de EE UU, tiene potencial para prevenir casi 2 millones de colisiones al año y hasta 900 muertes.

Pero en el caso del accidente de Tempe, y por lo que se sabe hasta la fecha, “hay reglas de la física que ningún sistema de frenado automático puede saltarse. Si lanzas un objeto, o una persona, delante de un coche que circula a una velocidad de 65 km por hora, ni el sistema automático tiene tiempo de frenar, ni el conductor humano tiene tiempo de reaccionar”, explica Nicholson. “Me sorprende que el coche no detectara a esta persona porque los sensores LIDAR tiene láser y funcionan perfectamente de noche. En teoría, el coche tendría que haber frenado por sí solo”, considera Alonso-Mora, quien recuerda que los sensores que hay disponibles en el mercado están preparados para estas situaciones. “A no ser que la programación de este coche en particular asumiera que fuera de los pasos de peatones no hay posibilidad de que cruce nadie, cosa que me extrañaría”. Alonso-Mora descarta, en cualquier caso, que se trate de un problema de que la tecnología no esté lista para conducir en entornos reales.

 

“No construimos máquinas inteligentes para que cometan los mismos errores que los humanos. Las hacemos para que sean más eficaces”

El conductor de refuerzo no es una garantía absoluta, como es lógico. En los otros dos accidentes que los vehículos de Uber han tenido hasta la fecha (uno en San Francisco, en agosto de 2017, y el segundo en Tempe en marzo del año pasado) había conductores en los coches. Pero es difícil demostrar quién estaba al volante en el momento del choque, si el humano o el ordenador. Mientras Uber aseguró que fue el conductor humano el que había desconectado el sistema autónomo en el accidente de San Francisco, antiguos empleados y filtraciones al diario The New York Times apuntaban a que no había sido así. Tras el accidente del año pasado en Tempe, en el que las autoridades concluyeron que el otro vehículo había sido responsable por saltarse un ceda el paso, Uber tardó tres días en volver a poner sus coches en las carreteras.

Aquellos fueron casos sin víctimas, pero el de este mes puede traer consecuencias penales. Si la investigación determinara que se trató de un fallo del algoritmo, que debió haber detectado a la víctima y no lo hizo, ¿se puede culpar al conductor de refuerzo de no haber actuado a tiempo? Si la respuesta es no, y el fallo es al 100% de un error de software, ¿son los ingenieros responsables de su desarrollo los que han de responder ante la ley? Todas estas dudas se irán resolviendo sobre la marcha, con casos reales, como el de Tempe. “Siempre habrá riesgo, es imposible experimentar con estos vehículos con riesgo cero. Las pruebas hay que hacerlas con la mayor de las precauciones. Ahora mismo creo que la inversión y el interés el sector están asegurados, pero si empieza a haber más accidentes de este tipo puede haber un retroceso importante”, opina Alonso-Mora.

Nicholson tampoco piensa que este accidente como caso aislado suponga un frenazo total, pero considera que debería ser un punto de inflexión, el momento en el que la industria debe empezar a hacerse una serie de preguntas: en primer lugar, llegar al fondo de lo que pasó y compartir la información para que sirva de aprendizaje. “No esperábamos tener que enfrentarnos a un caso como este tan pronto. Entiendo que cada compañía siente que publicar sus errores es darle ventaja a la competencia, pero en casos como estos es imprescindible. Este accidente debe convertirte en un caso de estudio para toda la industria”. Pero incluso en caso de que la investigación termine por concluir que Elaine Herzberg habría sido fatalmente atropellada en otras circunstancias, sin tecnología autónoma de por medio, la idea de que los coches sin conductor son más seguros porque evitan el error humano ha sufrido un golpe importante. “No construimos máquinas inteligentes para que cometan los mismos errores que los humanos. Las hacemos para que sean más eficaces. Sin duda, estamos menos dispuestos a aceptar un error de una máquina que un error humano”. Entre las muchas cosas que tienen que pasar para que los coches sin conductor pasen a formar parte de nuestra realidad cotidiana una, la más difícil de superar, será justamente esta.

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