El Bestiario

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

Cantautor, compositor, actor, escritor, trovador, poeta y músico español, protagonizó, hace estos días cincuenta años, un no a Eurovisión 1968, como representante de España, por no poder cantar en catalán. Aquello le supuso el acoso del franquismo más intolerante. Ahora, su otro no a la independencia le ha granjeado el odio de otros intolerantes: miles de seguidores del ‘procés’ de Carles Puigdemont, los ‘distópicos’ de una separación de España y la Unión Europea. La obra de ‘El Nano’ tiene influencias de otros poetas, como Mario Benedetti, Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Joan Salvat-Papasseit y León Felipe entre otros. Delira con aquella gira de 1969, en autobús, casi de titiritero, desde Tijuana a Cancún, exiliado, tras criticar al Caudillo por fusilar a cinco jóvenes

“En sólo un puñado de años, algunos de los que hicieron suya la estatua de Joan Manuel Serrat cuando la dictadura todavía fusilaba han arrimado el hombro para colocarla en la trinchera de enfrente. En fila, marciales, le han ido cambiando las etiquetas por el camino: de antifranquista a “fascista”, de profeta a “traidor, de “moderno” a “ceniza”. Han pretendido arrimar su silueta al Gobierno del PP, que nada tiene que ver con él. Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943) es el ídolo caído de la república catalana de Carles Puigdemont, que duró cuatro horas y 58 minutos. Si sale en TV3, planean el boicot. Si dice no a la independencia -como ha hecho repetidamente en los últimos meses- tratan de cerrarle la boca. A Serrat no le dejan bajar las escaleras como quiere ni ser Siux en lugar de Séptimo de Caballería…”, escribe el periodista español Daniel Rodríguez, en el periódico online de Pedro J. Ramírez, El Español.

Esta semana se han cumplido cincuenta años del “no” de Serrat a Eurovisión. Un episodio donde germina el manoseo del que, en uno y otro lado, es víctima el cantautor. Un buen momento para desentrañar sus ideas, incómodas porque no son blancas ni negras, malinterpretadas porque, se traguen o no, pocos las mastican. Que hablen, entonces, sus amigos y adversarios. Era marzo de 1968. Televisión Española (TVE) eligió a aquel joven de 24 años para cantar en el festival. Serrat era lo suficientemente “progre” para que el franquismo transmitiera una imagen renovada, pero también lo suficientemente “formal” para no dar alas a la ruptura. Y, como recuerda Luis García Gil, biógrafo del catalán, todavía no llevaba melena. Porque el pelo a la altura del hombro en un varón siempre escoció demasiado a dictaduras de izquierda y derecha.

Serrat, que apenas había grabado en castellano, dijo sí al ofrecimiento. Viajaría a Reino Unido para entonar el “La la la” fabricado por el Dúo Dinámico. Pero dos semanas antes de subir al escenario dijo que en catalán o nada. Por supuesto, TVE, y por ende Franco, respondió: “Nada”. “En aquel momento, le representaba Lasso de la Vega, el mánager de hierro, volcado en dar alas a la carrera de Serrat. El error fue aceptar. Creo que se dio cuenta de que no iba a representar a España, sino a la televisión del régimen. Echó ese órdago a sabiendas de que la respuesta sería no”, discurre García Gil. Massiel, que sustituyó al artista en el festival, comenta estos días: “¡Pensé que Serrat se había matado en un accidente de coche! Hice las maletas y viajé corriendo a Madrid”. “Conseguí que me enchufaran en un avión y llegué sola. No pude hacer promoción, me aprendí la canción a contrarreloj”. Y aun así, aquella chica de falda blanca y melena azabache ganó Eurovisión.

Nueve años más tarde, 1977, Joan Manuel Serrat, explicó en una entrevista con Joaquín Soler Serrano -TVE- las razones de su maniobra. Atrás quedaban los titulares a quemarropa que le dispararon los periódicos y emisoras oficialistas. Aunque todavía era “Juan Manuel” en boca del presentador, pudo mencionar la “fuerte represión que sufría la cultura catalana”, en una flagrante “situación de inferioridad”. “No hubo delito, sino dignidad”. Un titular parecido al que ofreció, hace unos meses, tras explicar su “no” al proyecto separatista actual: “Prefiero pasar miedo a sentir vergüenza”. En 2012, le confesó a Julia Otero: “Lo que debía haber hecho es no haber aceptado la propuesta en un principio, pero una vez metido tenía que actuar en conciencia”. Aquella decisión, evoca Karina, una de las aspirantes a sustituir a Serrat, tuvo mucho más impacto en el vulgo que en los círculos musicales: “Yo lo percibí como antifranquismo, y no como nacionalismo. Lo viví muy de cerca y recuerdo que pensé: 'Si no quiere ir, que no vaya'. No me pareció un capricho. Fue valiente”. La que representaría a España en Eurovisión tres años después describe cierto hermetismo en el círculo de la canción protesta y una “mirada por encima del hombro” respecto a los ‘poperos’: “Nosotros parecíamos de segunda división. De una manera u otra, todos peleábamos por una España más libre… Conmigo, Serrat fue distante, eso no significa que lo fuera con todo el mundo o que fuera maleducado, ni mucho menos”.

A Albert Boadella, que coincidió con Serrat en los círculos de lo subversivo, sí que le sorprendió la exigencia de Serrat a TVE: “Hasta ese momento no se había manifestado demasiado. En la Nova Canço era considerado el cantante comercial, el menos comprometido con las cuestiones catalanistas. Visto con distancia, imagino que quiso hacer un gesto precisamente para contrarrestar ese complejo”. García Gil puntualiza: “Ya entonces fue considerado un traidor por esa Cataluña purista. Una tontería. Él tuvo agallas contra Franco, cuando muchos de los que le criticaban se callaron”. Los inicios de Joan Manuel Serrat fueron convulsos. Igual que sus días de hoy. Cincuenta años de sospechoso habitual. De tercera España. Poco antes de ser anunciado como cantante eurovisivo, había hecho sus primeros pinitos en castellano, lo que le convirtió en diana del catalanismo más acérrimo. Luego, con su no, le atizarían del otro lado. Y así, suma y sigue.

Del barrio obrero del Poble Sec, hijo de un trabajador de la compañía del gas y de una costurera mañosa, el primero catalán y la segunda aragonesa -de ahí su bilingüismo natural-, se matriculó en Ingeniería Técnica Agrícola cuando terminó el colegio. En aquellos años cogería una guitarra y se estrenaría en febrero de 1965 en Radio Barcelona, donde lo descubrió Salvador Escamilla. Con su ‘Canço de matinada’ logró alzarse número uno en las listas nacionales. Serrat fue vetado en la tele pública y objetivo del tribunal del orden público. Sobre su gira por toda España con el pianista Tete Montoliú, dijo: “Hasta el último momento no sabíamos si podríamos tocar”. Los últimos fusilamientos de Franco sacaron su vena más reivindicativa, lo que le granjeó un exilio mexicano de varios meses. A Chile, una de sus plazas predilectas, dejó de ir cuando el golpe de Pinochet acabó con la vida de Salvador Allende.

El viaje al presente, de las horas de “matinada” a las crepusculares, no ha ofrecido demasiada calma a Serrat. Aunque más tarde y menos tajante que otros de su generación, ha ido rejoneando el proyecto secesionista conforme ha adquirido temperatura. Decía el guipuzcoano de la Generación del 98, autor de ‘Shanti Andia’, ‘Vidas sombrías y ‘La casa de Aizgorri’, Pío Baroja, que el escritor tiene derecho a la sordera respecto al presente. Y así se lo reconoció a Jordi Évole el cantautor, aunque confesó no ser capaz de evadirse. Tachó el referéndum del 1-O de “feria de disparates” y acusó al Govern de “marginar a la oposición”. Sin amilanarse, esgrimió: “No creo que el independentismo vaya a hacer una Cataluña mejor”. Entonces volvió contra Serrat ese odio enconado, vestido de otra forma, pero el mismo que cuando empezó a cantar en castellano. La generación del 981 es el nombre con el que se ha reunido tradicionalmente a un grupo de escritores, ensayistas y poetas españoles que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social desencadenada en España por la derrota militar en la guerra hispano-estadounidense y la consiguiente pérdida de Puerto Rico, Guam, Cuba y las Filipinas en 1898. Todos los autores y grandes poetas englobados en esta generación nacen entre 1864 y 1876. Se inspiraron en la corriente crítica del canovismo denominada regeneracionismo.

Se llama regeneracionismo al movimiento intelectual que, entre los siglos XIX y XX, medita objetiva y científicamente sobre las causas de la decadencia de España como nación. Conviene, sin embargo, diferenciarlo de la Generación del 98, con la que se lo suele confundir, ya que, si bien ambos movimientos expresan el mismo juicio pesimista sobre España, los regeneracionistas lo hacen de una forma menos subjetiva y algo más documentada, mientras que la Generación de 1898 lo hace en forma más literaria, subjetiva y artística. Se convirtió en un movimiento de carácter fuertemente transversal, con regeneracionistas tanto de cuño conservador como progresista, tradicionalista como republicano.

La palabra “regeneración” se usa ya a principios del siglo XIX y está tomada del léxico médico, como antónimo de “corrupción”, a fin de expresar una expectativa política. En realidad, es una nueva forma en la que se vierte la vieja preocupación patriótica por la decadencia del país, que se expresó en los siglos XVI y XVII a través de la obra de los arbitristas y en el siglo XVIII por medio de la Ilustración y el reformismo borbónico, a veces satirizado en la figura del llamado proyectismo al que atacara José Cadalso en sus ‘Cartas marruecas’. Pero su desarrollo a fines del siglo XIX es una consecuencia directa de la crisis del sistema político fundado por Antonio Cánovas del Castillo en la Restauración: la alternancia de partidos, que había proporcionado al país una falsa estabilidad basada en su triunfo en las Guerras carlistas, era ilusoria y se sostenía sobre la base de una gran corrupción política que impedía visualizar la efectiva miseria del pueblo y el mal reparto geográfico de una tardía revolución industrial, el caciquismo, el pucherazo electoral y el triunfo de una oligarquía económica y política, que habían relegado el papel motor de la burguesía a los reductos catalanes y vascos, adueñándose prácticamente de todo el suelo productivo del campo español mediante tramposas desamortizaciones que generaron improductivos latifundios, creando mano de obra barata en una extensa clase de jornaleros hambrientos.

Antonio Cánovas del Castillo (Málaga, 8 de febrero de 1828-Mondragón, 8 de agosto de 1897) fue un político e historiador español, figura capital de la política española de la segunda mitad del siglo XIX, siendo autor del ‘Manifiesto de Manzanares’ publicado al inicio del Bienio Progresista, un prominente miembro dentro de la Unión Liberal, principal valedor de Alfonso XII y el mayor artífice del sistema político de la Restauración, convirtiéndose en el máximo dirigente del Partido Conservador, que él mismo creó. Ejerció el cargo de presidente del Consejo de Ministros en seis ocasiones, alternando el poder, principalmente, con su rival político Práxedes Mateo Sagasta. Bajo su gobierno se aprobó la Constitución de 1876 y contribuyó al sistema de turno pacífico, mediante el cual creó una apariencia de democracia que ponía fin a la inestabilidad política que arrastraba el país desde décadas anteriores. Dicha estrategia se afianzó en 1885 en el Pacto de El Pardo, con el propósito de evitar que la inminente muerte del rey Alfonso XII volviese a desestabilizar la política española. Sus gobiernos estuvieron marcados, principalmente, por un mayor desarrollo del capitalismo en lo económico, la creación del Código de Comercio en lo jurídico, los conflictos con Cuba que desembocaron en la guerra de Independencia cubana, y las crecientes tensiones con anarquistas y otros colectivos obreros, siendo asesinado en 1897, durante su sexto mandato, por el anarquista Michele Angiolillo.

Se denomina ‘canovismo’ a la corriente política que tiene por fondo la implantación de una democracia no revolucionaria y tradicional al modelo británico. Ésta creía en el bipartidismo y la alternancia en el poder, sosteniéndose en la monarquía, que actuaba como elemento moderador. Hoy en día, es recordado en buen grado como uno de los políticos más brillantes de la historia española contemporánea, pero es por su política de falsa democracia por lo que es criticado, así como por suspender la libertad de cátedra en España o por su postura favorable al esclavismo, entre otras cosas. Los intelectuales regeneracionistas trataban de forjar una nueva idea de España basada en la autenticidad, por lo que era esencial desenmascarar las imposturas de la falsa España oficial mediante la divulgación de sus estudios en revistas de amplia difusión. Muchas de estas revistas anteceden a las del 98 y en parte se confunden con ellas.

Las ideas de Joan Manuel Serrat no acaban ahí, en el “no” a la ruptura con España. Serrat también apuesta por un referéndum pactado, critica las cargas policiales del 1-O y lamenta el encarcelamiento de los líderes independentistas. Aunque no llega a hablar de “presos políticos”, probablemente porque sepa realmente lo que es un preso político. Él mismo pudo serlo de no haber dejado España cuando Franco ya agonizaba. El propio Serrat rogó que no se politizara su ‘Mediterráneo’ para luchar contra las caceroladas separatistas. Él ya se definió hace mucho tiempo, “palomo torcaz”, no se siente extraño en ningún lugar, donde haya lumbre y vino tiene su hogar y, para no olvidarse de lo que fue, su patria y su guitarra lleva consigo. Prefiere “las ventanas a las ventanillas”, “bailar a desfilar”. Juan Marsé, un novelista español de la llamada Generación de los 50, concretamente de la denominada Escuela de Barcelona, además de pasar muchas tardes con Teresa, también las ha disfrutado con Serrat, como en los setenta, cuando fue guionista de una película titulada ‘Mi profesora particular’, donde actuó el cantautor. “Serrat ha sido siempre un hombre con sólidas convicciones y opina que España es un Estado de Derecho que vive en democracia después de casi cuarenta años de dictadura, dotado de una Constitución cuyas normas garantizan la libertad. Por tanto, considera que cualquier veleidad independentista es ilegal, y más cuando una minoría propone imponer una patria catalana que es pura fantasía”, relata el escritor, nacido en Barcelona, hace 85 años.

Lo describe como alguien “lúcido, culto, divertido, poeta y solidario”. Menciona que ejerce “su pleno derecho a la libertad”. “Si eso le hace incómodo en algunos medios, en ciertas mentalidades de vía estrecha, no creo que le importe demasiado”, continúa. El premio Cervantes se despide: “La Cataluña que amamos tanto Serrat como yo, no ésta que intentan imponernos unos políticos ineptos, embusteros y ridículos, nunca lo considerará un traidor”. Esos que le llaman “traidor”, los mismos que intentaron que un programa en TV3 acerca de él cayera en saco roto y luego vieron como era lo más visto de la cadena, razonan, más o menos, de la siguiente manera: ¿cómo un antifranquista que renunció a Eurovisión por no poder cantar en catalán y que ha sido el mayor propagandista de nuestra lengua al otro lado del charco se muestra ahora en contra de fundar una Cataluña independiente?

Josep María Espinàs, escritor vernáculo, bravo luchador contra el régimen y para muchos fundador de la Nova Canço, fue uno de los primeros en ver cantar a Serrat. Sucedió en la Cova del Drac, según Boadella, “un pequeño búnker, escondrijo etnográfico catalán, con capacidad para cincuenta afectos a la causa, al que había que descender por una única y estrecha escalera”. Siempre según Boadella, Espinàs dijo de Serrat: “¡Vaya lata! Este chico no tiene ningún futuro en la canción. No lo presentes en la segunda parte”. Espinàs, ahora con 91 años escribe un artículo en su casa de Barcelona. Niega la versión del presidente de Tabarnia: “Es rotundamente falso”. Bernat Dedéu, fílosofo, escritor y tertuliano habitual en Cataluña, no ve cambio de chaqueta en Serrat: “No ha engañado a nadie. El problema es que tendemos a analizar fenómenos del tardofranquismo y la Transición con el prisma del presente. Él siempre ha defendido esa España como nación de naciones, ese multiculturalismo… Ahora, la viabilidad de sus posiciones está en duda”. Esa posición que menciona Dedéu permitió a Serrat “estar en medio y a salvo” durante muchos años, pero el órdago separatista ha volado por los aires los matices y ha obligado una dicotomía: a favor o en contra de la independencia. Ahí Serrat dice no, pero con muchos grises, los que le hacen víctima de una continua malinterpretación. Luis García Gil, que ha publicado un estudio poético de sus letras, lanza: “Se le ha escuchado mal. ¿Cómo iba a ser separatista en su día alguien que cantaba a Miguel Hernández y Antonio Machado? Su temprana universalidad rompió con la Nova Canço. Ya en 1983, Serrat dijo que prefería los caminos a las fronteras”.

La directora de cine Isabel Coixet, reciente Goya, fue galardonada junto a Serrat por la Comunidad de Madrid: “Es de las personas más sensatas y honestas que conozco. No me sorprendió su paso al frente. Es un artista libre. Cuando este maremágnum pase, seguirá actuando por todo el mundo y emocionando a la gente. Cada uno tiene que manifestarse cuando sienta y quiera hacerlo. ¡En esto no hay normas!”. Y en esas está Joan Manuel Serrat. Quizá “harto de estar harto”, de que todos los locos anden con el mismo tema y le asalten en cada rueda de prensa con Cataluña en el punto de mira. Él insiste, se explica, recurre a los matices y vuelve a convertirse en esa estatua que unos y otros, amantes y detractores, alaban y odian casi siempre sin motivos.

Joaquim Coll i Amargós (Barcelona, 1967) es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona, especializado en la política de los siglos XIX y XX. En la actualidad es vocal de Sociedad Civil Catalana, asociación contraria a la secesión de Cataluña que tiene como fin promover, difundir y fomentar la cohesión y la convivencia entre los ciudadanos en Cataluña y de estos con el resto de los españoles. Ha escrito una importante columna titulada: ‘Las violencias del procés’, donde afirma que “hemos asistido a un intento de golpe de Estado apoyado en nuevas formas de rebelión”. “Conviene reflexionar sobre la naturaleza violenta del procés porque parte de la opinión pública en Cataluña pero también en el resto de España juzga de forma benévola lo sucedido. En las manifestaciones soberanistas ‘jamás se rompió nada’, hemos escuchado decir muchas veces, como si la imagen festiva de las movilizaciones, que tan bien se ha vendido en el extranjero, lo resumiera todo. Antes de debatir si hubo un alzamiento violento en la fase final, conviene detenerse en otras formas de violencia (simbólica, institucional, verbal o psicológica) en el desarrollo del procés, más sutiles o soterradas, aunque no vayan a ser juzgadas…”.

El procés arrancó con una fuerte invasión de símbolos independentistas en los espacios y edificios públicos que, por definición, son de todos. A partir de 2012 empezaron a proliferar esteladas en rotondas, plazas, paseos, parques de bomberos, eventos deportivos e incluso en centros culturales y educativos. Frente a las críticas se quiso zanjar la cuestión afirmando que era libertad de expresión, obviando que las administraciones no poseen ese derecho. Fue una campaña de propaganda e intimidación de las entidades soberanistas para “marcar el territorio”, presionar a aquellos que tenían dudas, crear sensación de unanimidad y proclamar que ya estaba todo decidido. A ello se sumó la desaparición de la bandera española en las fachadas de muchísimos Ayuntamientos y al cambio exprés del nombre de calles y plazas que hacían referencia a la Constitución o a España para sustituirlos con cualquier excusa. Esa intimidación simbólica en la calle se acompañó de una violencia institucional. Los poderes locales y autonómicos, pero también las universidades, los sindicatos, los colegios profesionales, o las grandes entidades como el Barça, se alinearon a favor del derecho a decidir o hicieron suya la causa secesionista, sin respetar el principio de neutralidad institucional ni la pluralidad interna de unas entidades sociales, culturales o deportivas que son también un reflejo de la sociedad catalana.

Fueron decisiones tomadas por sus cúpulas, cuyos dirigentes prefirieron salir en la foto del “momento histórico, excepcional”, en lugar de ser señalados como indiferentes o, peor aún, como disidentes. A ello hay que añadir el tantas veces criticado militantismo de los medios públicos catalanes de comunicación, con periodistas y tertulianos haciendo de portavoces de las consignas secesionistas mañana, tarde y noche, lo cual ha contribuido a fanatizar a una parte significativa de la sociedad. Todo este clima favoreció la violencia verbal contra los contrarios, señalándolos públicamente, negándoseles su catalanidad o llamándoles “fachas”, como es el caso de Joan Manuel Serrat. Tampoco se pueden esconder agresiones contra las sedes de los partidos constitucionalistas o el matonismo de grupos en la universidad.

Por último, está la violencia directa, física, la que aparece en el auto del magistrado Pablo Llarena y que se vincula con el alzamiento para lograr la independencia a partir del 6 y 8 de septiembre pasado. Es mejor no precipitarse a juzgar si los hechos constituyen un delito de rebelión. No obstante, sí conviene hacer algunas consideraciones. A menudo se afirma que sin una visible ostentación de fuerza física no existe sublevación contra el orden constitucional. Si por tal cosa entendemos una rebelión armada, es cierto que no se dio, entre otras cosas porque el golpe no fue militar sino civil. La dificultad para catalogar lo sucedido radica en la novedad del modus operandi. Los líderes del procés, que en la mayoría de casos eran cargos públicos, desde diputados hasta miembros del Govern, derogaron la Constitución y el Estatuto en el Parlament y para legitimar su propósito secesionista utilizaron la fuerza tumultuaria de las masas que ellos mismos habían convocado en colaboración con las entidades soberanistas para hacer inútil la reacción del Estado. Es verdad que la multitud en la mayoría de casos opuso una resistencia pasiva, pero en otros actuó de forma intimidatoria o violenta contra la autoridad. A ello hay que añadir el crucial papel de los Mossos, un cuerpo armado cuya cúpula boicoteó la obediencia al mandato judicial de impedir la celebración del referéndum ilegal del 1 de octubre. Más aún, hay declaraciones inquietantes como la del exconsejero Joaquim Forn (“si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad, no habrá choque entre policías”), que indican que se estaba dispuesto a utilizar la policía autonómica para completar el plan independentista. Más allá de cómo sean considerados penalmente los hechos, en Cataluña hemos asistido a una insurrección, un intento de golpe de Estado, apoyado en nuevas formas políticas de rebelión, más ‘amables’ que las del teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, cuando un 23 de febrero de 1981 entró a punta de pistola al hemiciclo del Congreso de España y con sus guardias golpistas secuestró al Gobierno, diputados y senadores.

Era el 2 de noviembre, Día de Muertos, de 1969. En la enorme capital mexicana se había inaugurado el metro hacía poco más de un mes. Y en un escenario abarrotado actuaba, por primera vez en el país, un joven cantante a punto de cumplir los 26. Entonces aquel chavillo aún no sabía que aquí al pavo le dicen el guajolote; a la rubia, la güera; y a la bañera, la tina. Pero lo fue aprendiendo poco a poco, a medida que se enamoraba de las canciones de José Alfredo, de Crí Crí o de Álvaro Carrillo. Y de todo un país “que baila con la muerte, que hace pasteles con la tierra y se los come”. Con 70 años ya cumplidos y 50 cantando y recitando poesía, Joan Manuel Serrat volvió vuelto a triunfar en el mismo escenario y ante el mismo público. En realidad, su público y su escenario, el Palacio de Bellas Artes, repleto en sus cuatro actuaciones con las entradas vendidas sin apenas publicidad desde unas semanas antes. “Esta también es mi casa. Gracias por compartir esta tarde. Da pena saber que mañana vendrán y no me van a encontrar. No me olviden nunca”, dijo en el concierto con el que se despedía de la capital mexicana antes de iniciar una gira por todo el país. Un martes, el 11 de febrero del 2014, actuó en el Teatro de Cancún.

El flechazo entre Serrat y México tiene fecha: aquel Día de Muertos. Pero la historia de amor entre el cantante y su público se cimentó algo después y sobre un hecho amargo. En septiembre de 1975 el agonizante pero aún implacable franquismo dio uno de sus últimos coletazos con el fusilamiento de tres militantes del FRAP y dos de ETA acusados del asesinato de varios miembros de las fuerzas de seguridad. El cantante, entonces de gira por México, condenó las ejecuciones. Y el gesto no le salió gratis: el régimen dictó una orden de búsqueda y captura y lo condenó a un exilio de más de un año.

 

No podía volver a España y no era bienvenido en otros países del continente, como Chile, con un Augusto Pinochet dictador

Cuando la ejecución de los cinco restantes se lleva a cabo Serrat se encuentra en México y en rueda de prensa condena al régimen franquista y las medidas represivas. Además se solidariza con la postura del presidente de México, Luis Echeverría Álvarez, que había mantenido la postura mexicana de reconocer sólo al gobierno de la Segunda República Española en el exilio. A raíz de estas declaraciones tiene que exiliarse durante un año en México, debido a la orden de busca y captura que se emite contra él. Además, tal y como ya había ocurrido en 1968, sus trabajos son retirados y censurados por el régimen. Especialmente afectado se ve su recién estrenado disco ‘Para piel de manzana’.

Durante su estancia en México no puede componer canción alguna. De hecho, el disco que edita al año siguiente no es más que el término de un proceso ya anterior. Realiza una gira con sus músicos por todo el territorio mexicano ofreciendo recitales a bajos costos. Serrat ha confesado que aquel fue un periodo muy duro de su vida, pues vivía en la constante desazón de no saber si mañana volvería a su tierra o nunca ocurriría el retorno. También de esta época son sus canciones más combativas. Aunque no compone se sirve de las composiciones de otros cantautores o musicaliza poesías de otros poetas que sirven para expresar la postura combativa que en esos momentos de precariedad postulaba. Existen grabaciones no oficiales donde Serrat canta ‘Mazúrquica modérnica’ de Violeta Parra, ‘La poesía es un arma cargada de futuro’ o ‘La vida no vale nada’, entre muchas otras. No realiza gira por toda Latinoamérica pues ya algunas dictaduras le habían negado la entrada tácitamente, como la de Chile, de Augusto Pinochet, el único mandatario que acudió al funeral del ‘Generalísimo’ de Latinoamérica. De Europa solo acudió Lech Walesa, de Polonia.

En 1977 publica el disco-homenaje al poeta catalán Joan Salvat-Papasseit titulado ‘Res no és mesquí’ (Nada es mezquino), con arreglos del músico Josep Maria Bardagí. Eso, en el marco de un regreso a una España indecisa y enrarecida tras la muerte del dictador Franco. Lo hace con miedo, pues al no haberse promulgado aún la amnistía, existe posibilidad de que sea apresado y enjuiciado. Afortunadamente, nada ocurre y Serrat se reincorpora tímidamente a la vida pública de su país. En 1978 contrae matrimonio con Candela Tiffón y un año después nace su hija María y graba su disco de título ‘1978’. Finalmente, gracias a la promulgación de la ley de amnistía ese año, durante el gobierno de Adolfo Suárez, pierde el miedo y participa activamente en campañas políticas en favor del PSOE. En 1980 edita su disco ‘Tal com raja’ (traducido al español, se lee ‘Tal como sale’) Muere su padre, Josep Serrat, lo que significa un duro golpe en su vida personal.

 

En un autobús que llamaron ‘La Gordita’ como María Elena Galindo emprendió una gira de nueve meses, era ‘La Strada’ mexicana

Haciendo de la necesidad virtud, el cantante emprendió una gira de nueve meses por todo México, un viaje delirante en autobús, casi de titiriteros- evocan algunas imágenes de aquella época neorrealista a La Strada de Federico Fellini, con Anthony Quinn y Giulietta Masina- que arrancó en Tijuana y concluyó en Cancún, con actuaciones en los auditorios más elegantes y en pueblos donde apenas había llegado el asfalto. A aquel autobús se le bautizó como ‘La Gordita’, el sobrenombre de una de sus ocupantes, María Elena Galindo. “Todo el mundo me llama así. Y así se llamó el autobús”. Galindo conoció a Serrat durante su primer viaje a México y trabó con él una “amistad incondicional”. “Ni me enamoré nunca de él, ni fui su fan”, aclara. Y asegura que es la persona a la que más quiere del mundo aunque curiosamente no conserva ni una sola foto de ambos.

En ‘La Gordita’ viajaban veinte personas: los músicos, sus esposas y hasta algunos niños. Hubo días felices y otros de nostalgia. En todas partes conocían sus canciones, también los campesinos. Y los recuerdos más vivos de aquella gira demencial corresponden precisamente a las actuaciones, a bajo costo, en las localidades más humildes. “Una vez, en un pueblo donde íbamos a tocar por detrás de un establo de vacas se fue la luz. Y cuando ya todos se levantaban un señor pegó dos tiros al aire para que la gente se sentara y esperara”, evoca Galindo. Otro seguidor de Serrat desde sus primeras actuaciones en México es el crítico musical Enrique Blanc. Melómano sin remisión, desde muy joven su única cita obligada cada año era escuchar al cantante catalán en el teatro Degollado de Guadalajara. Blanc se quedará siempre con aquellos conciertos íntimos de un Serrat elocuente que platicaba con su público. “Con ‘Mediterráneo’ nos hizo imaginar un mar en la distancia, pero acercado a nuestra geografía por su fuerza poética”, cuenta. “Tiene una audiencia cautiva en toda América Latina porque fue uno de los primeros poetas de la canción que vino a compartir con nosotros su lenguaje musical de gran altura. Y gracias a él descubrimos la musicalidad de un idioma que desconocíamos, el catalán”. México ha sido así destino imperdible de todas las giras de Serrat por América. En ocasiones, por compromiso, en el sentido más noble de la palabra, como en 2006 cuando participó en el gran concierto del Zócalo en solidaridad con las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez. Nunca le faltó al cantante el reconocimiento del público y en 2010 sumó también el de su Gobierno, cuando el entonces presidente, Felipe Calderón, le otorgó la Orden Mexicana del Águila Azteca, el máximo galardón destinado a extranjeros.

 

“Estoy contento de mi oficio, no de mi vida, ni de la vida. Cumplo medio siglo haciendo lo que sé hacer y pasándolo bien, y encima, me pagan”

Regresó para celebrar su medio siglo sobre el escenario con quienes le acogieron cuando ni a su país podía volver. Recorrió los Estados de Veracruz, Tabasco, Quintana Roo, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Baja California, Sonora y Chihuahua. Ya no lo hizo a lomos de ‘La Gordita’: quizás sea un viaje menos romántico, pero será igualmente divertido. Al menos eso pronosticó el cantante en su concierto en la capital del país: “Estoy contento de mi oficio, no de mi vida, ni de la vida. Cumplo medio siglo haciendo lo que sé hacer y pasándolo bien. Qué suerte. Hago lo que quiero y encima, me pagan”. Nacido desde la amargura, en su disco “Mediterráneo”, Serrat habló para los mexicanos y los españoles que luchaban por librarse del lastre del franquismo, evocador de una Guerra Civil que se inició un 18 de julio de 1936 y no acabó hasta un 20 de noviembre de 1975, de la vida y de la muerte, pero, sobre todo de la libertad. Gracias a él, todos volvimos a nacer... en el mar.

Entre agosto y noviembre de 1971, Serrat escribió las canciones de su cuarto álbum en castellano, “siempre junto al mar”, como explicaría después. El mar: como símbolo de libertad y, a la vez, como hogar. Fue el primer intérprete que proyectó la Nova Cançó en las listas de éxitos con una canción en catalán y el fenómeno de los fans entre ‘Els Setze Jutges’. Serrat confirma la aparición de un nuevo modelo de cantante que ha sido enunciada por Raimon y que gracias a él, por su proyección popular, pone el cartel de “No hay entradas” en teatros y auditorios. Desde aquellas primeras canciones ingenuas y de factura naïf, ‘Una guitarra’, ‘Ella em deixa’, la lírica serratiana desembocará en el grito generacional de ‘Ara que tinc 20 anys’ y la adhesión a un paisaje catalán y mediterráneo con ‘Cançó de matinada’. Creaciones como ‘La Tieta’ y ‘Cançó de bressol’ señalan su primer Everest coronado. Como el Dylan de ‘Like’ a Rolling Stone, Serrat ensancha con ambición su horizonte estilístico.

 

Tras Raimon y Paco Ibáñez, Serrat traslada la lírica del poeta sevillano Antonio Machado, de compromiso humano, al cancionero popular

Después de Raimon con los versos de Salvador Espriu y Paco Ibáñez con los poetas clásicos y contemporáneos de la lengua castellana, Serrat traslada la lírica de Antonio Machado -siguiendo los pasos de Alberto Cortez- al cancionero popular. Una musicalización de factura descaradamente pop que le reporta las críticas de los más puristas y el agradecimiento del Gremio de Libreros de Madrid por haber colaborado en las ventas de los libros del poeta hasta aquel momento minoritarias. Poetas como Rafael Alberti, Joan Salvat-Papasseit, Josep Carner, J.V. Foix, Mario Benedetti o Miguel Hernández se sumarán progresivamente al álbum serratiano. El franquismo lo condena varias veces al ostracismo o en su caso al veto televisivo, entre otras prohibiciones, pero la figura de Serrat saldrá siempre victoriosa de los desafíos y censuras. Al otro lado del Atlántico países como Argentina, México o Chile lo acogen como uno de los suyos desde su primera visita a finales de la década de los sesenta. Se le compara con Gardel y se le abren los teatros hasta entonces vetados a la música popular. Durante los años más duros de las dictaduras latinoamericanas las canciones de Serrat se convierten en refugio o botiquín de primeros auxilios para muchos hombres y mujeres. Serrat es el cantor de la esperanza y la libertad.

Serrat cumplió el pasado 24 de diciembre 74 años con el aval de ser uno de los intérpretes que ha colaborado en la transformación cultural de un país. La figura de Serrat ilumina estas más cinco décadas de música popular como la de los grandes creadores que han ayudado a cambiar la sensibilidad de su tiempo y su sociedad. Un cantante y autor, a la vez, culto y popular. Las canciones de Serrat enlazan con la sentimentalidad y argumento de una canción popular española, la copla, y al mismo tiempo, contemporáneas de una canción europea de acento lírico. Es el Serrat que se reconoce en Aznavour y Rafael de León, en Brel y Concha Piquer, en Carlos Gardel y la Chanson francesa. Una cocina melódica que ha acabado dando esa mezcla de sabores irresistibles para una diva como la italiana Mina o una voz como la de Silvia Pérez Cruz.

Una de sus últimas aventuras ha sido a bordo del ‘Titanic’ y en compañía de otro soñador –también en otro tiempo como él de pelo largo- y ahora de barba canosa. El dúo Sabina y Serrat ya forma parte de la historia y el futuro vuelve a ser una página en blanco para escribir. Quizás es el momento de ir pensando en ese medio de siglo de canciones sobre los escenarios que espera al girar la esquina…

 

‘Mediterráneo’ supuso un desafío por sus inequívocos aires de libertad, pero su enorme popularidad hizo intocable a su joven intérprete

Por eso también aparece en la portada, tras un apuesto Serrat con trazas de ‘rock star’ retratado por Colita, una de las principales fotógrafas de ‘la gauche divine’ barcelonesa con la que se codeaba el cantautor. Era una época complicada en su vida, ya que sólo un año antes había desafiado al régimen franquista encerrándose con un grupo de intelectuales en el monasterio de Montserrat, en protesta por la condena a muerte de varios etarras en el Proceso de Burgos. Mediterráneo, sin albergar canciones explícitamente políticas (‘Mediterráneo’, ‘Lucía’, ‘Pueblo Blanco’, ‘Vagabundear’, ‘Barquitos de papel’, ‘Tío Alberto’) supuso otro desafío al status quo por sus inequívocos aires de libertad, pero su enorme popularidad (un año en el top 10 de los más vendidos) hizo intocable a su intérprete.

‘Mediterráneo’ se registró en los estudios Fonit-Cetra de Milán, adonde el sello Zafiro mandaba a sus estrellas (Los Brincos, por ejemplo). “Yo creo que íbamos a Milán por una cuestión de blanqueo de dinero de Zafiro”, comentó Serrat a la revista Rolling Stone: “Digo creo: no quiero un proceso por calumnias. Parecía entonces que todo lo de fuera era mejor, cuando la mayor parte era humo”. El cantante no se pudo permitir muchas distracciones en Milán, pues las grabaciones de aquellos tiempos se limitaban a unos pocos días: “Había que hacer todo en cinco días, grabar bases, cuerdas, voz y mezclar. Se contrataba el estudio por una semana”. Los nombres de los músicos que tocaron en el álbum no nos han llegado, pero sí los de los dos ‘directores musicales’, cargo fundamental en los discos de la época, que excedía las labores del productor. Fueron Juan Carlos Calderón y Gianpiero Reverberi, dos leyendas. Calderón es uno de los productores con mayor talento de la historia de la música española (Los Brincos, el primer Aute, Dúo Dinámico), y también ha facturado exitosos discos de jazz bajo su nombre. ‘Mediterráneo’ no fue la primera ocasión en la que trabajó con Serrat -antes había hecho, por ejemplo, los arreglos del ‘La, la, la’ que el catalán no llegó a cantar en Eurovisión-, pero en esta ocasión se ganaría la inmortalidad, especialmente por el tema que le da nombre (que, sin embargo, se podía haber llamado ‘Observo a los animales’, ‘Amo al mar’ o Hijo del Mediterráneo’, según los títulos que Serrat consideró).

Cuenta Calderón que ideó un complicado ritmo para la base, un seis por cuatro, “e inventé una base muy interesante con batería, percusión y bajo que no se había hecho hasta entonces. Ese arreglo me costó muchísimo, pero soy un hombre de retos. El ritmo de ‘Mediterráneo’ ha sido patrón para otros después”. Otra de las canciones de las que el director musical guarda recuerdo -aunque no muy bueno- es la deliciosa ‘La mujer que yo quiero’, pues escribir sus arreglos fue casi una odisea: “Estuve toda la noche antes de ir a grabar a Italia pasando los arreglos al papel con el copista y tomando unas copas, pero La mujer que yo quiero no la tenía hecha, y la terminé como pude, borracho y estresado, a las 7.30 de la mañana, poco antes de que saliera el avión”.

El maestro Reverberi, el otro director y arreglista, que colaboró en otros álbumes con Joan Manuel Serrat, recuerda que “no hacíamos sesiones muy largas: 10 o 12 horas por día para plasmar cuatro canciones, más o menos”. Hoy, 38 años después, el trabajo hecho en ese vetusto edificio milanés ha alcanzado la categoría de himno extraoficial español, presente en todas las encuestas con ánimo de resumen histórico. En 2006, ‘Mediterráneo’ era la mejor canción del pop español. “Es querida por la gente y forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones”, dijo entonces Serrat. “Bueno, algo tendrá el agua cuando la bendicen, pero si yo tuviera que elegir una canción elegiría otra”. Pero es que en aquel álbum estaban también, aparte de las mencionadas, ‘Aquellas pequeñas cosas’, ‘Que va ser de ti’, ‘Vencidos’… Un disco irrepetible.

 

Pintemos de azul los ciudadanos quintanarroenses, nuestras inacabables noches de verano en el Caribe Mexicano, nuestro otro ‘Mediterráneo’

Los cancunenses y los quintanarroenses volvieron a recibir una bocanada de libertad con los versos de amor de este ciudadano catalán, español, mojados de su Mediterráneo…, casi nada. El Mare Nostrum que acogió al faraónico Egipto, sus pirámides de Giza, sus piedras Rosetas ‘robadas’ por franceses, ingleses y alemanes, principalmente, los nuevos ladrones de tumbas, y momias guardadas en el Museo de la revolucionaria plaza de Tahrir, envidiosas del mimado Tutankamón, y su biblioteca de la hermosa y robusta Alejandría; a Grecia y su Partenón, Homero y su Odisea e Ilíada, sus Sócrates, Platón y Aristóteles; a Roma, su Coliseo y su derecho y sus Cicerón y Julio César; a Marruecos, Túnez, Argelia y sus bereberes, sus ciudades imperiales como Fez y Marraquech, y sus sopas, hariras y pastelas, tajines y cous-cous, mechouis y sus turrons de corne de gazelle; a Mali y sus libros ancestrales libros sagrados; a la Libia y sus yacimientos arqueológicos de Al Fayun… Recibieron en el Teatro de Cancún ese llanto eterno del Mediterráneo que vertieron cien pueblos de Algeciras a Estambul para que pintemos del cancunenses de azul nuestras largas noches de un alucinante y amable invierno…

“Quizás porque mi niñez/sigue jugando en tu playa/y escondido tras las cañas/duerme mi primer amor/llevo tu luz y tu olor/por dondequiera que vaya/y amontonado en tu arena/guardo amor, juegos y penas./Yo, que en la piel tengo el sabor/amargo del llanto eterno/que han vertido en ti cien pueblos/de Algeciras a Estambul/para que pintes de azul/sus largas noches de invierno/a fuerza de desventuras,/tu alma es profunda y oscura./A tus atardeceres rojos/se acostumbraron mis ojos/como el recodo al camino./Soy cantor, soy embustero,/me gusta el juego y el vino/tengo alma de marinero./qué le voy a hacer, si yo/nací en el Mediterráneo./Y te acercas, y te vas/después de besar mi aldea/jugando con la marea/te vas, pensando en volver./Eres como una mujer/perfumadita de brea/que se añora y que se quiere/que se conoce y se teme./Ay, si un día para mi mal/viene a buscarme la parca./Empujad al mar mi barca/con un levante otoñal/y dejad que el temporal/desguace sus alas blancas./Y a mí enterradme sin duelo/entre la playa y el cielo.../En la ladera de un monte/más alto que el horizonte./Quiero tener buena vista./Mi cuerpo será camino,/le daré verde a los pinos/y amarillo a la genista./Cerca del mar./Porque yo nací en el Mediterráneo…”.

‘A la sangre’ es el título de una columna del escritor Manuel Vicent, nacido en Castellón, territorio más cercano que lejano de Cataluña, en el Mediterráneo de Joan Manuel Serrat. “Por fortuna el himno español no tiene letra. Nada hay más elegante que permanecer con la boca cerrada ante versos que llaman a degollar al enemigo…”, opinaba Vicent, meses atrás, cuando ‘el procés’ de los Artur Mas, Jordi Pujol, Oriol Junqueras, Carles Puigdemont… competía en Wikipedia con ‘El Proceso’ de ‘El proceso’ (título original alemán: Der Prozess), una novela inacabada de Franz Kafka, publicada de manera póstuma en 1925 por Max Brod, basándose en el manuscrito inconcluso de Kafka. Joan Manuel Serrat recuerda que en el relato, Josef K. es arrestado una mañana por una razón que desconoce. Desde este momento, el protagonista se adentra en una pesadilla para defenderse de algo que nunca se sabe qué es y con argumentos aún menos concretos, tan solo para encontrar, una y otra vez, que las más altas instancias a las que pretende apelar no son sino las más humildes y limitadas, creándose así un clima de inaccesibilidad a la ‘justicia’ y a la ‘ley’…

Todos los himnos nacionales están cargados con la pólvora de unas letras fatuas, violentas e incluso sanguinarias. Cuando suenan en los estadios al iniciarse un encuentro deportivo internacional los jugadores de cada equipo abrazados por los hombros en la cancha las entonan, unos con ardor, otros con desgana, y entre ellos siempre hay uno que oficia de gran patriota, al que solo le falta aporrearse el pecho como un gorila en celo mirando hacia lo alto. En ‘La Marsellesa’ se pide que la sangre impura inunde nuestros surcos; los germanos gritan: “Alemania sobre todo el mundo”; los británicos exclaman: “Oh, señor, nuestro Dios, levántate y dispersa a los enemigos”; “Listos para morir, Italia llama a sus hijos”, cantan los italianos; los norteamericanos con la mano en el corazón invocan la tenebrosa lucha, el rojo fulgor de los cohetes, las bombas estallando en el aire; y en ‘Els segadors’, para no ser menos, se anima a defender a la patria catalana con golpes de hoz.

Por fortuna el himno español no tiene letra, como recalcaba Manuel Vicent. Nada hay más elegante que permanecer con la boca cerrada ante esta clase de versos crueles elaborados por poetas mediocres, que llaman a degollar al enemigo. Mas cuando ya parecía que ese himno, hasta ahora en poder de la derecha, empezaba a ser emocionalmente aceptado por la izquierda a través de los éxitos deportivos, la reacción contra el independentismo catalán lo ha puesto de nuevo al servicio de un españolismo en algunos casos rancio y muy burdo, servido por una testosterona de muy baja calidad. Ahora la letra del himno español la constituyen, por un lado los infames abucheos de los independentistas en los estadios y por otro los gritos de “¡a por ellos!”, bajo el amparo del toro de Osborne, una marca de coñac, estampado en la bandera nacional. Los dioses ciegan a los que quieren destruir. Pintemos de azul los ciudadanos de Cancún, Solidaridad, Chetumal… y de todos los rinconces de Quintana Roo, nuestras inacabables noches de verano en el Caribe, nuestro otro ‘Mediterráneo’ y el de Joan Manuel Serrat, ‘El Nano’, y el de su amigo el inmortal guitarrista, Paco de Lucía, quien encontró su paraíso terrenal en nuestra Riviera Maya.

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