El Bestiario

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

El fotógrafo Ricardo García Vilanova, nacido en Barcelona en 1972, ha regresado con un equipo de la cadena británica BBC al lugar donde permaneció recluido al menos una parte de su cautiverio en Siria a manos del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés). Junto al reportero británico Quentin Sommervile, corresponsal de la cadena en Oriente Próximo, García Vilanova ha vuelto a la zona donde se localizaba la casa donde permaneció secuestrado. Vilanova fue secuestrado junto al reportero del periódico español  El Mundo, Javier Espinosa, el 16 de septiembre de 2013. Los dos trataban de salir del norte de Siria a través del paso de Tel Abiad, en la provincia de Raqa, tras dos semanas de trabajo. Permanecieron apresados 194 días, más de seis meses, hasta su liberación el 29 de marzo de 2014. Iban a ser decapitados por el grupo al que pertenecía ‘John, el yihadista’. Eran conocidos como ‘The Beatles’, por su acento británico, de donde eran originarios o vecinos de Londres o Liverpool. Mohammed Emwazi confirmó la profecía del artista estadounidense Andy Warhol, cuando vaticinó en la década de los sesenta del pasado siglo que “En el futuro, todos serán famosos mundialmente por 15 minutos”…

 “Somos testigos de una transformación que va a seguir desarrollándose a lo largo de los próximos años. La pregunta es ¿seguirá existiendo el ISIS? Y en verdad podemos decir que se le ha combatido, que se han liberado Mosul, Raqqa y otras ciudades ocupadas y que está casi destruido. Pero no se trata únicamente una organización armada, es más bien representa una ideología, una forma de pensar y de vivir, y contra esto no se ha hecho lo suficiente”, explica el periodista tunecino Hedi Yahmed, uno de los mayores expertos en movimientos extremistas en el norte de África. “El yihadismo sigue enraizado de forma profunda en nuestras sociedades”, recalca.  Su última obra, ‘Yo estuve en Raqqa’, editada en árabe y que narra el periplo vital de un joven combatiente tunecino que decidió desertar del ‘Estado Islámico’, es clave para entender lo que está ocurriendo... “Debemos hacer una reforma social profunda si lo que queremos es extirpar el Daesh. No solo combatirlo militarmente, sino también culturalmente”, remarca el autor, convencido de que la esquizofrenia en la que viven las sociedades árabe-musulmanas, incapaces de conciliar tradición y modernidad, es el alimento vital que nutre el yihadismo. Esta reflexión es compartida por numerosos expertos. Pero es necesario añadir otros dos aspectos que avanzan al margen del debate primordial, y que sin embargo son esenciales para ajustar el enfoque, aclarar en qué momento y situación se halla el ‘Estado Islámico’ y tratar de vaticinar el futuro. Un recorrido rápido por los foros radicales en la web profunda demuestra, asimismo, que Europa y Estados Unidos están perdiendo de nuevo la guerra de la propaganda. El paradigma ha cambiado. Por encima de los llamamientos a la acción, tan copiosos en los últimos tres años, abundan ahora los versos coránicos que instan a la paciencia, a la resistencia y a la construcción de “una nueva comunidad de Alá que alumbrará el mundo desde las tierras de África”.

 

Un hombre reabre su comercio en medio de las ruinas, las especias y la fruta han devuelto el color a los mercados y un grupo de jóvenes carga libros para una nueva biblioteca. Son las imágenes de la esperanza en Mosul, que se alternan con las de la recuperación de cadáveres de entre los escombros de una ciudad destrozada por tres años de ocupación del ‘Estado Islámico’ y la batalla de las fuerzas iraquíes por liberarla. Son las fotografías que Omar Mohammed cuelga hoy en las redes sociales de su ciudad natal, de la que huyó en diciembre de 2015 tras contar durante año y medio desde un blog anónimo la vida y muerte bajo el yugo yihadista. “Reconstruir es mucho más difícil que destruir. El ISIS hizo un daño enorme a Mosul, rompió su identidad multicultural”, afirma. Mohammed, profesor de historia de 32 años que ahora vive con condición de asilado en Europa, decidió tomar nota de todo lo que veía en cuanto la columna de vehículos del ISIS entró el 5 de junio de 2014 en Mosul, según ha recordado en el Oslo Freedom Forum, cita anual de activistas por los derechos humanos a la que fue invitado este periódico. Con la aplicación literal de la ‘sharía’ - Ley de la religión islámica que recoge el conjunto de los mandamientos de Alá relativos a la conducta humana- y la violencia, el ISIS trajo “una versión falsa de la historia” con la que intentar conectar el pasado de Mosul, la segunda ciudad de Irak, con el califato que el líder yihadista, Abubaker al Bagdadi, proclamó el mismo mes de la ocupación. Para “proteger el futuro” frente a la manipulación y la memoria de la ciudad, Mohammed abrió el blog ‘Mosul Eye’, una ventana al mundo en la que dejar constancia de lo que ocurría. Después de que los yihadistas cerraran la universidad, recorría la ciudad para reunir información que intentaba contrastar con diferentes fuentes antes de publicarla en diferentes redes sociales…

‘Yihadista John’, nacido el 17 de agosto de 1988 y muerto el12 de noviembre de 2015, fue un terrorista londinense de origen kuwaití. Se mudó a Gran Bretaña con su familia a los 6 años. En febrero de 2015 fue identificado como la persona que se ve en varios vídeos producidos por la banda terrorista ‘Estado Islámico’ mostrando la decapitación de varios cautivos entre 2014 y 2015. Era el verdugo de los fotoperiodistas estadounidenses James Foley y Steven Joel Sotloff, ocurridas el 19 de agosto y 2 de septiembre de 2014, y en febrero de 2015 del periodista japonés Kenzi Goto.​ El 23 de agosto de 2015 apareció un nuevo vídeo en el que por primera vez mostró su rostro amenazando con regresar a Gran Bretaña “a cortar cabezas”. Los servicios de inteligencia ingleses aseguraron que existen indicios de que esta grabación se había realizado con un teléfono móvil en las cercanías de Deir Ezzor, al este de Siria, dos meses antes. El 12 de noviembre de 2015, Mohammed Emwazi salió de un edificio y estaba por entrar a un auto en donde lo esperaba un hombre de identidad desconocida, cuando un dron estadounidense disparó un misil al auto de John y el cuerpo del terrorista voló en pedazos, en la zona siria de Al Raqa. El Estado Islámico confirmó su muerte en enero de 2016. 

La cadena BBC ha producido un vídeo de dos minutos con el viaje de Ricardo García Vilanova y Quetin Sommervile hasta la prisión en la que se encuentran encerrados Alexanda Kotey y El Shafee Elsheikh, dos de los miembros del ISIS que formaban parte de la unidad de secuestros. Kotey y Elsheikh pertenecieron al grupo de captores que los rehenes apodaron ‘Los Beatles’, por la lengua y acento en el que hablaban entre ellos. Kotey nació en Londres y Elsheikh, nacido en Sudán, pasó en la capital británica su juventud. Al mismo grupo pertenecía Mohammed Emwazi, conocido como John, el yihadista. Emwazi apareció enmascarado y armado con un cuchillo en la mayoría de los vídeos de rehenes decapitados. Fue alcanzado por la aviación de la coalición en Raqa en noviembre de 2015. El cuarteto lo completaba Aine Davis, condenado a prisión en Turquía. Los cuatro son sospechosos de la muerte de 27 occidentales.

En el viaje, Vilanova y Sommervile llegan al lugar donde se localizaba la casa donde los dos reporteros españoles pasaron parte de su cautiverio, a orillas del Éufrates. La vivienda fue destruida tras el secuestro por los bombardeos. Según analizó el colectivo Raqqa Is Being Slaughtered Silently a partir de los vídeos de los rehenes, los cautiverios tuvieron lugar generalmente en la provincia de Raqa. Durante la grabación de la BBC, bajo el título ‘Cara a cara con captores del ISIS’, el fotógrafo freelance español es conducido por milicianos kurdos de las Fuerzas Democráticas Sirias hasta la prisión donde permanecen Kotey y Elsheikh, arrestados en enero cuando trataban de cruzar la frontera hacia Turquía. Los dos yihadistas presos, que Vilanova califica de “psicópatas” y “cobardes”, esto último por haber sido detenidos mientras huían, rechazan hablar con el reportero, se quitan el micro y se marchan. Se desconoce aún el destino de estos dos presos. Están en manos de fuerzas kurdas, aliadas de Estados Unidos, que podría reclamar su extradición por el asesinato de rehenes norteamericanos. Reino Unido les ha revocado la nacionalidad y estudia cómo compartir información sobre ambos para un posible procesamiento en EE UU. Londres no ha pedido por el momento garantías de que no se les aplique la pena de muerte, como sí ha hecho con otros ciudadanos británicos enjuiciados en los tribunales norteamericanos.

 

El yihadismo constituye todavía una grave amenaza, una nueva generación, cada vez más radical, se hace fuerte en África

Javier Martín es corresponsal de la agencia Efe en el norte de África y autor, entre otros, del libro ‘Estado Islámico, geopolítica del caos’ (La Catarata, 2017). En una reseña de su obra aparece una foto de una pancarta dando la bienvenida al ‘Estado Islámico’ en Gao, Malí, un país cercano a Marruecos, Túnez, Argelia, Mauritania, no tan lejano de las costas del Mar Mediterráneo y del Sur de la Unión Europea, de España, Portugal, Francia e Italia, países que acogen a millones de turistas en estos días vacacionales de agosto. El pasado 17 de octubre del 2017, un escueto y optimista comunicado castrense propagó una sensación de ansiado alivio en la opinión pública mundial. Apenas cuatro meses después de la cruenta victoria en Mosul (Irak), las milicias kurdas enroladas por Estados Unidos como unidades de vanguardia celebraban la expulsión del Estado Islámico de Raqqa, su capital en Siria, y con ello el anhelado (y supuesto) epílogo del turbador califato salafista proclamado tres años antes por Abu Bakr al Baghdadi desde el púlpito de la Gran Mezquita de la citada ciudad iraquí, hoy reducida a escombros. Una impresión de misión cumplida, de sortilegio colectivo, que contribuyó a desviar el interés mediático y condujo en Occidente a la falaz idea de que aquella maldad que aterrorizaba sus propias calles había sido finalmente conjurada. Sin embargo, este mes de mayo una nueva ofensiva militar devolvió el foco a la zona e hizo aflorar las sospechas latentes en torno a la pretendida contundencia y eficacia del triunfo aliado sobre el enemigo yihadista. Lanzada por el Pentágono desde el portaaviones Harry S. Truman -anclado en aguas del Mediterráneo, a escasas millas de la principal base rusa en la costa siria-, a ella se sumaron tanto comandos de élite del Ejército francés como agentes de inteligencia de ambos países; además del vecino Irak, y las citadas mesnadas kurdas (de regreso tras haber abandonado Raqqa en enero para concentrarse en los conflictos bélicos que sacudían los territorios próximos a la frontera con Turquía, Siria e Irán, que reclaman como propios). El objetivo declarado era perseguir a los yihadistas que habían huido de los núcleos urbanos reconquistados, limpiar esas amplias bolsas de resistencia radical que todavía hoy controlan numerosas poblaciones rurales a ambas orillas del río Éufrates y contener el daño que infligían las guerrillas del ISIS (‘Estado Islámico’, en inglés), cada vez más activas y eficaces. La operación pretendía, además, acallar el creciente debate público sobre el destino futuro y el grado de amenaza que le resta a esta organización política y militar que, como el propio yihadismo global, ha empezado a mutar y a recomponerse en busca de nuevos campos de batalla.

Investigadores locales y analistas internacionales coinciden en que el fracaso a la hora de capturar al propio Al Baghdadi y a su cúpula política y militar, tanto en Siria como en Irak, así como el pródigo número de combatientes extranjeros que han conseguido retornar en los últimos tres años a sus países de origen -tanto en Europa como en Asia, Oriente Próximo y África- son indicios suficientes para considerar que tanto el ‘Estado Islámico’ como el yihadismo en general constituyen aún hoy una grave amenaza estructural, en especial para el devenir del Viejo Continente. E insisten en establecer de forma acertada un paralelismo con el desenlace de la guerra librada a principios de este siglo en Afganistán, donde también se logró expulsar por la fuerza de las armas a los talibanes de Kandahar y otras áreas urbanas menores, pero no desarraigarlos de las montañas, valles y otras zonas rurales de compleja orografía, como ocurre ahora en el este de Siria y el oeste de Irak.

 

La estrategia de EE UU y Europa traslada al Sahel, al sur del Magreb, los mismos errores que marcaron la lucha en Afganistán, Siria e Irak

Tres lustros más tarde, el antiguo protectorado soviético es todavía un polvorín y los estudiantes islámicos una de las principales fuerzas desestabilizadoras, con capacidad efectiva para atentar, recursos financieros sobrados para recuperarse y evolucionar, y una base popular sólida, asida al nervudo rizoma que el salafismo radical conserva en el sur de Asia Central. “No hemos solucionado el problema”, subraya el periodista tunecino Hedi Yahmed, uno de los mayores expertos en movimientos extremistas en el norte de África. “El yihadismo sigue enraizado de forma profunda en nuestras sociedades”, recalca. Autor de libros clave para entender las tendencias ideológicas en la región, el escritor reitera que el numen del problema reside más allá del campo de batalla, e insiste en que las eventuales soluciones -que pasan por apostar por el desarrollo educativo- ni siquiera se han llegado a plantear. Urge el análisis pormenorizado de la fragmentación y disgregación de las huestes de Al Baghdadi, factores clave para entender por qué su derrota militar supone, en realidad, un inquietante paréntesis. Según el centro privado de estudios e investigación norteamericano The Soufian Group, integrado por antiguos miembros de la CIA y de los servicios secretos de países árabes y musulmanes aliados, entre 2014 y 2015, en el cénit de su poder, el ‘Estado Islámico’ concitó a más de 30.000 combatientes extranjeros, muchos de los cuales emigraron al territorio controlado por el califato en compañía de sus familias. Más de 3.400 llegaron desde Rusia; 3.100 de Arabia Saudí; 3.000 más de Jordania; y 2.900 de Túnez. Entre los Estados europeos, Francia, con más de 1.900, fue el principal lugar de partida, seguida a gran distancia por Reino Unido, que apenas aportó un millar.

Por regiones, la mayor parte (más de 8.000) procedía de diversas repúblicas de la extinta Unión Soviética, incluida Chechenia, cifra que explica por sí sola, sin necesidad de añadir razones geoestratégicas más complejas, por qué en 2015 Vladímir Putin decidió involucrarse de forma abierta en la guerra en el este de Siria. En segundo lugar, de la Unión Europea, con más de 5.000 ciudadanos con pasaporte comunitario enrolados en la facción yihadista. La radiografía de los retornados añade un elemento extra de preocupación. El grueso de los que regresan lo hacen con su ideología casi intacta, incluso reforzada, a pesar de (o gracias a) los bombardeos de la coalición y a las penalidades sufridas en una tierra hostil que la propaganda yihadista promocionaba como una ‘Arcadia islámica’, una ‘Ínsula Barataria’ gobernada de acuerdo a los designios de Alá. Incluso entre aquellos que optaron por desertar y buscar refugio en Turquía u otros países, como consigna Yahmed en su relato. “No estamos frente a un arrepentido. Mohamad Fahem, como muchos que han huido, no están arrepentidos, han dejado el ISIS porque piensan que éste no representa la Umma (el Estado musulmán). Estamos frente a otro proceso”, explica en alusión al protagonista del libro. “Es una generación que cree en la yihad, en la necesidad de un califato y en que la Umma va a dominar el mundo, pero que no cree que ni el ISIS ni el propio Al Baghdadi practiquen el verdadero islam. Una corriente más radical que está dispersa por Turquía, en Europa, por todas partes, pero que carece de estructura, de liderazgo, y por eso no hay acciones terroristas… todavía”, advierte. La influencia en las generaciones más jóvenes de estos retornados, convertidos en héroes de la futura yihad, en imames guerreros más radicalizados, se percibe ya en atentados como el de Barcelona el 17 de agosto, hace ahora un año, que provocó 16 muertos.

Muchos de ellos han encontrado una vía de escape a través de Libia, país sumido en el caos y la guerra civil desde que en 2011 la OTAN contribuyera a la victoria de los rebeldes sobre la larga dictadura de Muamar el Gadafi. Puerta de entrada al África subsahariana, allí se gesta desde hace varios años el que probablemente será el mayor reto de seguridad al que deberán hacer frente las sociedades del futuro: el alumbramiento de la quinta generación yihadista, ahora en tierras del Sahel, la gran franja de desierto africano al sur del Magreb que la UE pretende convertir en su frontera meridional.

 

En el cénit de su poder hace tres años el ‘Estado Islámico’ concitó a más de 30.000 combatientes extranjeros

Las raíces ideológicas de esta concepción herética y violenta del islam se remontan a los escritos de Ibn Taymiyya, un clérigo asentado en Siria en el siglo XIII, y al pensamiento de Mohamad Abdel Wahab, alma del wahabismo que hoy defiende y difunde la familia real saudí. Y el terrorismo ya lo utilizaron como instrumento de resistencia los wahabíes en la India colonial. Pero el yihadismo como lo conocemos en la actualidad nació en 1979 al amparo de cuatro acontecimientos históricos que se sucedieron ese mismo año: la revolución islámica de Irán, el acuerdo de paz entre Egipto e Israel, el asalto a la Gran Mezquita de La Meca, y la invasión soviética de Afganistán. Aquellos fanáticos musulmanes que con ayuda de Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán viajaron a Islamabad para luchar contra el comunismo en la década de los ochenta inauguraron la primera generación yihadista, una generación que Occidente bendijo con el nombre de ‘freedom fighters’. La segunda la formaron aquellos que, desplomado el muro de Berlín, regresaron a sus hogares creyéndose héroes y fueron repudiados por sus Gobiernos; los combatieron con saña y los encarcelaron a lo largo de la década de los noventa. La tercera arranca con la aparición de Al Qaeda, que introduce un salto evolutivo crucial al convertir la intransigencia islamista local en un fenómeno global. Y la cuarta es el propio Estado Islámico, cuya innovación fue considerar que lo que Osama Bin Laden y sus socios solo contemplaban como una idea platónica -la formación de un califato universal- era una realidad viable en el fracturado Irak.

La quinta se incuba ya en una vasta franja de territorio que se extiende desde el norte de Burkina Faso y Níger al sur de Argelia y Libia, incluyendo grandes espacios de Malí, Nigeria y Chad. Un área marcada por la pobreza y la marginalidad, por el contrabando y la inmigración irregular, en la que malviven millones de jóvenes sin horizonte y donde según las proyecciones demográficas la población se duplicará en las próximas dos décadas sin que se hayan levantado los cimientos para su desarrollo social y educativo. Una generación yihadista que impulsan grupos radicales tradicionales locales, como la Organización de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la rama tunecina de Ansar al Sharia o Boko Haram, y los miles de combatientes que desde 2015 han viajado a Libia desde Siria, Irak y la península arábiga a través de Turquía, Túnez, Jordania y Egipto. En su mayoría, ideólogos y destacados líderes militares -financiados desde los países del Golfo Pérsico-que se han asentado en zonas rurales empobrecidas, donde han asumido el control de las escuelas y mezquitas.

“Los estudios nos sugieren que el yihadismo libio y magrebí en general está emigrando hacia el desierto, es decir, hacia zonas del África subsahariana como el norte de Malí, convertido en un gran nudo yihadista en el que se cruzan numerosas facciones”, destaca Yahmed. En esa zona, Iyad Ag Gali, uno de los capos del yihadismo internacional, fundó el 2 de marzo de 2017 Jama’a Nusrat ul-Islam wa al-Muslimin, una plataforma que agrupa a los principales movimientos fanáticos del norte de África y el Sahel, y que ha declarado su alianza con los líderes de Al Qaeda en Afganistán. Y a la que se han acercado en los últimos meses diversas ramas del ‘Estado Islámico’, en particular la procedente de Libia. “La guerra contra el yihadismo aquí es muy distinta”, contraviene un miembro de los servicios de inteligencia europeos destacado en la región. “Han ganado en experiencia”, admite. Una evolución que contrasta con la estrategia norteamericana y europea, que parece haber trasladado al Sahel los mismos errores que marraron la lucha en Afganistán, Siria e Irak. Obstinados en la búsqueda de soluciones estrictamente militares -que por otra parte alimentan las poderosas industrias armamentísticas que todos ellos explotan-, los Gobiernos del bloque occidental han priorizado la cooperación castrense y el envío de tropas a la zona, como la Operación Barkhane, lanzada en agosto de 2014 por el Ejército francés en Malí.

 

La propaganda yihadista se promocionaba como una ‘Arcadia islámica’, una ‘Ínsula Barataria’ gobernada de acuerdo a los designios de Alá

Entre los episodios más duros de ‘Don Quijote de la Mancha’, novela escrita por el español Miguel de Cervantes Saavedra, están aquellos que cuentan los siete días que Sancho Panza ejerció como Gobernador de la ‘Ínsula Barataria’. No era una isla -como solían ser los reinos en las novelas de caballerías-, sino un pueblo de mil personas, a lo sumo, cuyo dueño era un Duque que había acogido a Sancho y al ingenioso caballero para que lo entretuvieran un buen rato. Nada menos que durante veintisiete capítulos de la segunda parte de El Quijote, si no andan mal mis cálculos. Cervantes cuenta que el Duque y su esposa habían leído la primera parte de las aventuras de estos dos personajes y que, por esa razón, sabían de la debilidad que ambos tenían por las historias de caballería. Así que tras hospedarles en su castillo ordenaron a sus sirvientes que les trataran como si ellos fuesen un verdadero caballero andante y a su escudero. Todos aceptaron el juego menos un cura quisquilloso y una mujer tontísima, doña Rodríguez, quien más tarde protagonizará, con Alonso Quijano, diálogos desternillantes. 

Como parte de la farsa, el Duque nombra Gobernador a Sancho Panza, un sueño largamente anhelado por él. Antes de asumir el cargo, don Quijote se permite darle una serie de consejos para que su amigo ejerza bien el poder. Son pensamientos tomados de Catón -el defensor hasta el suicidio de la república romana- en los que resaltan la importancia de la pulcritud y la austeridad en el comer, el hablar y el vestir. Procura conocerte a ti mismo -le dice don Quijote a Sancho Panza- y no vayas a creer que mereces esta Gobernación que ahora se te concede. Si la tienes es por pura suerte y por la grandeza de la caballería andante. Escúchame bien, Sancho -prosiguió el ingenioso caballero- no juzgues por las apariencias y trata por igual las dádivas del rico y las lágrimas del pobre. No des importancia a las ofensas que recibas y no dejes que tu pensamiento se nuble por culpa de aquello que te ofendió. Si alguna vez tuerces la vara de la justicia que sea por exceso de generosidad y no de dureza. No castigues con palabras a quien ya has castigado con acciones. Y no seas víctima de tus pasiones, Sancho, porque ese error es el que finalmente se paga más caro, agregó don Quijote. Con todos estos consejos bajo el brazo, el amigo de don Quijote asumió el mando de la ‘Ínsula Barataria’. Su primer enojo se produjo porque no le dejaron comer todo lo que quería. Pero el mayor de ellos vino cuando los habitantes de la Ínsula fingieron que sufrían un ataque; una revolución que debía ser sofocada cuanto antes por Sancho Panza. Aparatosamente ataviado, el escudero no pudo hacer mucho. Tal vez solo resistir. Vapuleado y adolorido, decidió que los tratos del poder no eran para él. Así que tomó sus cosas y se fue tal como llegó: sin un duro en los bolsillos, pero más sabio que antes.   

La ínsula Barataria. Alcalá de Ebro es el lugar donde Sancho Panza ejerció de insomne gobernador. Sus súbditos de hoy son, básicamente, jubilados que no se toman en serio la fama del pueblo. El ridículo duelo fallido con el falso labrador Tosilos (en realidad un lacayo del duque) a causa de la honra mancillada de la hija de una dama de honor de la duquesa, la pretenciosa y boba Doña Rodríguez; la llegada de un carro con encantadores y magos, entre ellos el propio Merlín, que apareció una noche anunciando el encantamiento de Dulcinea en forma de rústica aldeana (encantamiento que solo desaparecería si Sancho Panza se propinaba a sí mismo tres mil trescientos azotes “en ambas sus valientes posaderas”); la aparición de la condesa Trifaldi y su cortejo de damas barbudas solicitando la ayuda de don Quijote en la lejana isla de Candaya; el vuelo en el caballo de madera Clavileño… No contentos los duques con todas esas bromas que les gastaron con la colaboración de sus sirvientes a los pobres don Quijote y Sancho durante los días que permanecieron invitados en su palacio, determinaron que ya era hora de darle al escudero la ínsula por cuya promesa se había embarcado en todas esas aventuras, más las que don Quijote le había hecho pasar antes de llegar allí, y ordenaron que se le llevara a un lugar cercano “que era de los mejores que el duque tenía” y que le hicieran gobernador de él.

 

En la falsa ‘Ínsula Barataria’, Sancho Panza ejerce de gobernador, su sueño al fin realizado, pero su sueño pronto es frustración

¿Qué pensará de su territorio, solo y convertido en bronce de un monolito? El camino es el mismo que recorrió Julio Llamazares, escritor y periodista de la provincia de León en España, una recta casi perfecta desde Pedrola que cruza la ribera lujuriosa de verdor y de abundancia vegetal en dirección al pueblo que se divisa al fondo, que, aunque los letreros digan que se llama Alcalá de Ebro, no es otro que la famosa ‘Ínsula Barataria’ sanchopancesca. Al menos, eso aseguran la mayor parte de los cervantistas, que en este extremo no tienen dudas por más que la ínsula esté a trescientos kilómetros del mar y en medio de una región, Aragón, en la que el agua no sobra precisamente ¿Qué importa, si el río Ebro se basta por sí solo para convertir Alcalá en isla cuando su caudal aumenta, convirtiendo el meandro que rodea el pueblo en un anillo de agua completo?

“Sancho amigo, la isla que os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones”, le había dicho el duque a Sancho Panza al despedirlo y a fe que no le mentía, pues la isla sigue en el mismo sitio en el que se encontraba entonces y ello a pesar de la amenaza del río, que cada vez pasa más cerca de sus casas (la presencia de muros de contención habla, además, de las avenidas que, como la primavera pasada, de cuando en cuando soportan). Los que no están en su sitio cuando yo llego son los vecinos, que parecen haber desaparecido por completo, pues no se ve uno por las calles. “¿Quién va a haber”, me dice el dueño del bar Las Truchas, el único que hay abierto, ya fuera del casco urbano, en plena ribera, “con el calor que hace hoy?” Y no le falta razón. Los termómetros marcan 39 grados. Alcalá, más que una ínsula, es un desierto. Hacia las seis de la tarde empieza a asomar alguno. Uno de ellos, el gobernador, o sea, el alcalde del pueblo. Pero el hombre, que acaba de salir del Ayuntamiento, un edificio moderno y bastante feo, por cierto (nada que ver con el palacio de un gobernador), va con prisa porque tiene que acudir a un velatorio de una vecina que ha muerto hoy y me cita para hablar por teléfono después. Catalina, la guardiana de las llaves de la iglesia, en cambio, tiene toda la tarde para conversar. Y temas en abundancia. De la juventud opina que no sabe a dónde va (esto a propósito de que ni siquiera se ocupen de devolver a San Gregorio de Ostia a su pedestal, de donde lo bajaron para la fiesta, y las que van a misa, que son ya viejas, no pueden hacerlo) y de Alcalá de Ebro que, como no hagan algo, va a desaparecer en cualquier riada. Según la buena señora, el río va erosionando los campos y lo que el río cambia se lo dan al duque. “Así se hace rico cualquiera”, asegura, mientras me enseña la iglesia, que es un edificio gótico de buena planta y bien conservado.

“Poco a poco, el pueblo se va animando. Los baratarios de hoy, la mayoría de ellos ya jubilados (los que están en activo andarán por el campo o en Figueruelas, en cuya fábrica de automóviles trabajan la mayoría en la actualidad), pasean o toman el fresco ajenos a su pasado cervantino. Ninguno de ellos se toma en serio su condición de habitantes de una ínsula famosa, incluso alguno sonríe con displicencia, como Manuel, jubilado de la OPEL, que dice que lo que hace falta aquí es trabajo, no fantasías. ¡Pobre Sancho! ¿Qué pensará él de su ínsula, solo y convertido en bronce en un monolito horrendo, al final del pueblo, mientras contempla el río, que pasa enfrente, entre las choperas, sin nadie que le venga a ver, a él, que fue el gobernador de toda esta gente?”. En la falsa ‘Ínsula Barataria’, Sancho Panza ejerce de gobernador, su sueño al fin realizado, durante varios días. Pero su sueño pronto se trocará en frustración, puesto que la farsa a la que los sirvientes del duque y los vecinos de Alcalá le someten convertirá el gobierno de su ínsula en una pesadilla, sin poder comer por si lo envenenan, sin poder dormir por si los enemigos asaltan de noche la ínsula, sin poder estar un minuto tranquilo. De ahí la melancolía con la que se le representa en las ilustraciones de su período de gobernador, incluso en la escultura que le han erigido en Alcalá de Ebro, la hipotética ‘Ínsula Barataria’ del Quijote, como homenaje. ¿Cómo extrañarse, pues, de que, al cabo de algunos días, el pobre Sancho cogiera al rucio, “que estaba en la caballeriza”, y por el camino por el que había llegado tomara el de la libertad sin saber si el lugar que dejaba atrás “era ínsula, ciudad o villa”, según escribe Cervantes?

 

España, Cataluña, Barcelona y Cambrils, un año después, ¿cuál era el riesgo de atentados?, ¿qué lecciones están pendientes?

Fernando Reinares y Carola García-Calvo son investigadores del Real Instituto Elcano de Madrid, especialistas en temas relacionados con el terrorismo islamista. Este centro es un ‘think tank’ (literalmente del inglés ‘tanque de pensamiento’), laboratorio de ideas, instituto de investigación, gabinete estratégico centro de pensamiento o centro de reflexión​​ es una institución o grupo de expertos de naturaleza investigadora,​ cuya función es la reflexión intelectual sobre asuntos de política social, estrategia política, economía, militar, tecnología o cultura. Pueden estar vinculados o no a partidos políticos, grupos de presión o lobbies, pero se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica marcada de forma más o menos evidente ante la opinión pública. De ellos resultan consejos o directrices que posteriormente los partidos políticos u otras organizaciones pueden o no utilizar para su actuación en sus propios ámbitos. Los ‘think tanks’ suelen ser organizaciones sin ánimo de lucro, y a menudo están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas, instituciones académicas o de otro tipo. Normalmente en ellos trabajan teóricos e intelectuales multidisciplinares, que elaboran análisis o recomendaciones políticas. Defienden diversas ideas, y sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos. Además de promover la adopción de políticas, entre las funciones que cumplen los ‘think tanks’ están las de crear y fortalecer espacios de diálogo y debate, desarrollar y capacitar a futuros paneles políticos en su toma de decisiones, legitimar las narrativas y políticas de los regímenes de turno o los movimientos de oposición, ofrecer un rol de auditor de los actores públicos y canalizar fondos a movimientos y otros actores políticos.

Fernando Reinares y Carola García-Calvo, ha hecho un interesante análisis, de lo ocurrido hace ahora un año en Las Ramblas, en el corazón turístico y ciudadano de la Ciudad Condal, en la Unión Europea, donde murieron 16 visitantes de diferentes países -optaron por ir a España, como lo hicieran años anteriores a nuestro Cancún y Riviera Maya, a Nueva York, a Estambul o a El Cairo-. Un año y cuatro meses antes de los atentados terroristas que tuvieron lugar -separados entre sí por menos de nueve horas- en Barcelona y Cambrils los días 17 y 18 de agosto de 2017, un Eurobarómetro especial del Parlamento Europeo mostraba cómo el riesgo de que algo así ocurriese en España era elevado para el 39% de los ciudadanos entrevistados en el conjunto de nuestro país. Otro 49% opinaba que existía algún riesgo. Sólo un 8% percibía que el riesgo era bajo. Oficialmente, la alerta antiterrorista en España estaba activada a un nivel alto (4 en una escala de 1 a 5) desde finales de junio de 2015. Esas percepciones sociales y esta directriz institucional obedecían en buena medida a la serie de actos de terrorismo relacionados directa o indirectamente con ‘Estado Islámico’ que desde 2014 se habían producido en países de nuestro entorno como Francia, Bélgica, Alemania y el Reino Unido. Actos de terrorismo que eran, a su vez, un corolario de la inusitada movilización yihadista que estaba teniendo lugar en Europa Occidental desde el inicio de la guerra en Siria.

“Ahora hay lecciones que aprender: acerca de la valoración del fenómeno yihadista, sobre una actuación policial efectiva y coordinada, o respecto a la resiliencia social ante el terrorismo”,  recalcan Fernando Reinares y Carola García-Calvo. España no estaba entre las naciones europeas más afectadas por dicha movilización yihadista, que son aquellas donde las poblaciones musulmanas están, a diferencia de casos como el español o el italiano, principalmente constituidas por segundas generaciones, es decir, por descendientes de inmigrantes procedentes de países islámicos. Estas segundas generaciones han resultado más vulnerables a la propaganda emitida por ‘Estado Islámico’. Pero un estudio realizado por el Programa sobre Terrorismo Global del Real Instituto Elcano, publicado 13 meses antes de los atentados en Barcelona y Cambrils, subrayaba que tanto los 124 detenidos dentro del territorio español entre junio de 2013 y mayo de 2016 por su implicación en actividades relacionadas con ‘Estado Islámico’, como igualmente los 160 combatientes terroristas extranjeros que hasta entonces habían salido de España con destino a Siria, eran cifras suficientes para advertir sobre la amenaza que para nuestro país suponía esa organización yihadista, constituida a partir de la que hasta febrero de 2013 fue la rama iraquí de al-Qaeda y luego rival de ésta por la hegemonía de la yihad global.

 

Un estudio del Real Instituto Elcano del 2016, situaba a Cataluña como primer escenario de la movilización promovida en España por ISIS

“Y es que no todas las posibles aproximaciones a un entendimiento de lo que sucedió en Barcelona y Cambrils hace un año son ex post facto. Nuestro estudio, aparecido en julio de 2016, situaba a Cataluña como primer escenario de la movilización promovida en España por ‘Estado Islámico’. Mostraba, además, que muchos de los detenidos en España por actividades relacionadas con esta organización yihadista, básicamente hombres jóvenes nacidos en Marruecos y -aunque en menor medida- dentro de España, pertenecían ya al segmento social de las segundas generaciones. Revelaba, por otra parte, que una amplia mayoría de ellos se había radicalizado a partir de 2012, en contacto físico con un agente de radicalización y junto a otros individuos con quienes mantenían estrechos vínculos sociales previos. Finalmente, señalaba que, también casi en su totalidad, estaban implicados en compañía de otros y no en solitario. Más aún, hasta una tercera parte de los mismos estaban insertos en células, grupos o redes con capacidades operativas y voluntad de atentar en España. En consonancia con todo ello, que era conocido más de un año antes de los atentados de agosto de 2017, estos ocurrieron precisamente en Cataluña y fueron perpetrados por miembros de una célula yihadista, formada en la localidad gerundense de Ripoll y alineada con ‘Estado Islámico’, que asumió como propios los actos de terrorismo en Barcelona y Cambrils, describiendo a los terroristas como sus soldados. Esa célula contó con la participación de al menos 10 hombres, incluyendo a un imán marroquí de 44 años de edad -Abdelbaki Es Satty- que fue quien actuó como agente de radicalización para los otros nueve integrantes de la misma, estos últimos de edades comprendidas desde los 17 hasta los 28 años y relacionados mutuamente por estrechos lazos afectivos de parentesco -entre ellos había cuatro parejas de hermanos, dos de las cuales eran primos entre sí-, amistad y vecindad. Ocho de estos nueve tenían, como el imán, la nacionalidad marroquí y sólo uno la española, pero todos ellos eran segundas generaciones, descendientes de inmigrantes marroquíes pero nacidos o crecidos en España.

Aún queda bastante por conocer sobre los actos de terrorismo ejecutados en Barcelona y Cambrils, así como sobre la célula yihadista que estuvo detrás de los mismos o la implicación individual que tuvo cada uno de sus miembros. Transcurridos casi seis meses desde la ejecución de aquellos, desde el Programa sobre Terrorismo Global ofrecimos un análisis de unos atentados que pudieron ser de magnitud y letalidad mucho mayores, pues los terroristas tenían previsto actuar en Barcelona -y probablemente también en París- mediante furgones o camionetas cargados con triperóxido de triacetona (TATP) u otras formas de utilización de este explosivo, pero optaron por la improvisación, al estallar la base de operaciones donde fabricaban el explosivo y desbaratarse de ese modo sus planes iniciales. Un año después cabe, sin embargo, reflexionar de nuevo sobre algunas lecciones pendientes. En primer lugar, acerca de los terroristas y su comportamiento; en segundo lugar, sobre lucha antiterrorista y cooperación policial; y, en tercer lugar, respecto a la resiliencia social ante el terrorismo y la prevención de la radicalización violenta...”.

Yihadistas radicalizados y reclutados en Europa Occidental pueden, agrupados en células o redes donde no haya combatientes terroristas extranjeros, planificar y preparar atentados tan complejos y cruentos como los perpetrados con la participación de algún retornado. Sabemos que los integrantes de la célula de Ripoll no eran ni actores solitarios -es obvio- ni combatientes terroristas extranjeros retornados, aunque el considerable tamaño y los ambiciosos propósitos de la célula de Ripoll son inusuales si finalmente se tratara de un elenco yihadista sin conexiones internacionales. Pero existe la posibilidad de que pudiera haber estado en contacto con algún combatiente terrorista extranjero relacionado con ‘Estado Islámico’ ubicado en una zona de conflicto, como parece afirmar, en base a la información proporcionada por un Estado miembro, el sexto informe del secretario general de Naciones Unidas sobre la amenaza de dicha organización yihadista, hecho público el 31 de enero de 2018.

 

La sociedad española en general y la catalana en particular tienen otra lección que aprender sobre resiliencia frente al extremismo violento

La célula de Ripoll pone de este modo de manifiesto que los yihadistas activos en Europa Occidental mantienen su voluntad de llevar a cabo, en pequeños grupos bien inspirados o bien dirigidos por sus organizaciones de referencia basadas en el exterior, atentados con explosivos, incluyendo el uso de TATP, pero disponen de procedimientos menos sofisticados, igualmente efectivos, para provocar atrocidades, como vehículos sin bomba y cuchillos. En cualquier caso, es relevante la habilidad de los terroristas para improvisar su modus operandi, en el caso de verse obligados a ello, de acuerdo con los medios a que hayan tenido acceso. El peróxido de acetona (triperóxido de triacetona, peroxiacetona, TATP) es un peróxido orgánico, es una sustancia altamente explosiva que puede fabricarse con productos de uso doméstico: ácido sulfúrico, peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) y acetona. También pueden utilizarse otros ácidos fuertes como ácido clorhídrico para catalizar la reacción. Puesto que sus precursores son de fácil obtención, es normalmente usada por químicos aficionados y fabricantes de explosivos, a menudo para detonadores. La investigación posterior a los atentados ha mostrado que se puede evitar la descoordinación y avala la iniciativa de crear un mecanismo de inteligencia judicial contra el yihadismo. Individuos como el imán Es Satty debieron haber recibido una especial atención por parte de las agencias de seguridad que en Cataluña cuentan con mandato antiterrorista, es decir, Mossos d’Esquadra, Policía Nacional y Guardia Civil. No sólo por su pasada presencia en círculos yihadistas -algo que era conocido por esos cuerpos policiales y el Centro Nacional de Inteligencia (CNI)- y su relación con congregaciones salafistas, tan extraordinariamente extendidas en Cataluña, sino también de las noticias sobre sus movimientos en una ciudad como la belga de Vilvoorde, una destacada bolsa de islamismo radical. Todo ello especialmente en el contexto de inusitada movilización terrorista en Europa Occidental desde 2012, y teniendo en cuenta la práctica del disimulo o ‘taqiyyah’ de que pueden hacer hábil uso estos extremistas para evitar que sus verdaderas intenciones sean desveladas y sus movimientos detectados.

Una efectiva actuación policial de esa índole implica coordinación entre agencias, deficitaria cuando se produjeron los atentados de Barcelona y Cambrils. Una adecuada cooperación policial es posible a través del Centro de Inteligencia sobre Terrorismo y Crimen Organizado (CITCO) y, en otro ámbito, mediante la Unidad Nacional de Europol. Bajo autoridad judicial, la investigación posterior a los atentados ha mostrado que se puede evitar la descoordinación y avala la iniciativa de crear un mecanismo de inteligencia judicial contra el yihadismo. En agosto de 2017 la actuación policial estaba, asimismo, mermada por la insuficiente implementación de la legislación sobre control de precursores de explosivos o la inexistencia de protocolos formales para seleccionar imanes.

Cuando tuvieron lugar los atentados de Barcelona y Cambrils, la sociedad catalana se encontraba ya profundamente dividida entre independentistas y quienes no lo son. La reacción social a esos actos de terrorismo reflejó esa fractura. Ello quedó de manifiesto en la manifestación celebrada en Barcelona el 26 de agosto de 2018. Pero también, como ocurrió en el conjunto de la sociedad española tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, en la difusión de hipótesis conspirativas que culpabilizan a un adversario político -en uno y otro caso, agencias del Estado- de atentados preparados y ejecutados por yihadistas, trasladando el debate sobre el desafío terrorista a otro sobre un conflicto político. Esto permite entender la brevedad del duelo colectivo por lo sucedido en Barcelona y Cambrils. Pero la sociedad española en general y la catalana en particular tienen otra lección que aprender, después de los atentados en Barcelona y Cambrils, sobre resiliencia frente al extremismo violento. Aunque las segundas generaciones sean aún minoritarias entre la población musulmana en España, que nueve miembros conocidos de la célula de Ripoll provinieran de las mismas -como ocurre con seis de cada diez yihadistas detenidos en nuestro país entre 2013 y 2017- sugiere que entidades públicas y de la sociedad civil han de abordar las circunstancias que propiciaron su desarraigo y los factores que explican su adhesión al salafismo yihadista, para intervenir con acierto y de un modo coordinado a diferentes niveles de gobierno, en prevenir la radicalización violenta. La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas. 

 

Omar Mohammed relató en un blog anónimo los crímenes yihadistas en la ciudad iraquí antes de huir y recibir asilo en Europa

Omar Mohammed habla del blog ‘Mosul Eye’ como comunidad, porque la página de Facebook se ha convertido “en una plataforma que facilita muchas cosas a la gente” y la siguen miles de personas. Desde ella organizó un concierto en las ruinas de la ciudad vieja mientras aún seguían los bombardeos. La música estaba prohibida bajo el ISIS y también los libros. Mohammed lanzó una iniciativa para reabrir las bibliotecas y a Mosul han llegado miles de libros desde muchos países. “Era muy importante para mí, es una muestra de que hay una vía de estar en otro país que no es la de llevar un ejército”. “La respuesta de la gente ha sido inesperada. Hay muchas iniciativas, no están esperando al Gobierno para reconstruirla. Me recuerda al Berlín de la posguerra”. Se abren espacios para la cultura, la universidad vuelve a graduar a estudiantes, nacen movimientos juveniles y de mujeres. “Mosul y su gente necesitan ayuda, no solo dinero, donaciones, necesitan el apoyo del mundo. Tiene 4.000 años de historia, de cultura, Tiene un corazón y merece volver a la vida, la gente lo merece”, es el mensaje de Mohammed.

Bajo la máxima de “no confíes en nadie, documenta todo”, usó diferentes identidades para no ser descubierto. Se hizo pasar “por taxista, comerciante, panadero, vagabundo” e incluso se enfundó una bata de médico para moverse por un hospital y hablar con pacientes. “Pero nunca puse una receta”, bromeó en su intervención en Oslo. “Eso me dio acceso a las diferentes comunidades, y también a miembros del ISIS”. Así, en junio de 2014, reprodujo una conversación con “un hombre armado” que le advirtió: “Quien nos abandone o se oponga a nosotros, solo afrontará la muerte”. Siempre alerta para no ser cazado por los terroristas, que le amenazaban desde las mismas redes en las que él les plantaba cara, no le contó a nadie lo que hacía, ni siquiera a su familia. Se dejó crecer la barba y se ajustó al código de vestimenta impuesto por los ocupantes. “La historia que teníamos era la de los regímenes y dictaduras que han gobernado el país. La escribieron por nosotros, y el ISIS quería imponer la suya. Me sentía responsable de que eso no pasara. Si alguien quiere saber lo que pasó, ahora tendrá la narrativa local, la de Mosul Eye”, explica en una conferencia en Oslo. En el ‘Ojo de Mosul’ hay referencias a ejecuciones públicas, lapidaciones, la esclavización de mujeres yazidíes, la expulsión de los cristianos, matanzas de musulmanes chiíes pero también de suníes -la rama del islam mayoritaria en la zona pero minoritaria en el país, y la que profesa el ISIS-, la carestía de alimentos, la destrucción del patrimonio histórico… Mohammed describía desde el salvajismo de los ocupantes hasta decisiones absurdas como la de prohibir los pepinillos y encurtidos “porque podían convertirse en alcohol”.

 

“Hay que alejar la religión de la vida cotidiana, pero no les digas a los iraquíes que necesitan secularización, eso no funciona, aún no”

El régimen hundió la ciudad en el miedo y “rompió la identidad multicultural y multirreligiosa de Mosul”. “Parece muy difícil de recuperar. Hay que reconstruir la ciudad, y luego reformar la educación y levantar la economía. Y tendría que reformarse la religión, si no siempre existirá la posibilidad de producir terrorismo”, opina Mohammed. ¿Cómo? “Hay que alejar la religión de la vida cotidiana, pero no les digas a los iraquíes que necesitan secularización, eso no funciona, aún no. Diles que necesitan aprender a convivir, sin juzgarse usando sus textos religiosos. Si tenemos una economía fuerte, empoderamos a la mujer, y hay buena educación, el resultado será un Irak pacífico. Si no, surgen grupos como el ISIS”. Ese peligro no ha desaparecido. El ISIS imponía una tiranía que supuestamente beneficiaba a los suníes y pensaba que Mohammed no podía serlo. “Creían que era cristiano porque no podían creer que un suní hiciera lo que yo hacía con Mosul Eye. Otros pensaban que era uno de los judíos que fueron deportados en los años cincuenta”, tras la creación del Estado de Israel. La presión y ser testigo de las atrocidades del ISIS finalmente pudo con él. Según ha relatado, en un momento de desesperación se afeitó la barba y se fue a fumar -algo prohibido por el ISIS- a la ribera del Tigris con un amigo. No le pillaron. “Creo que no morí entonces porque aún tenía cosas que hacer, fue como un mensaje, el de no rendirme”.

Volvió a la rutina, pero temía por los suyos. En diciembre de 2015 pagó a un traficante para alcanzar la frontera turca. “Sabía que el precio de hacer lo que hacía podía ser la muerte, y lo acepté, pero no podría haber vivido con que fueran a por mi familia. Tenía mucho miedo de que los mataran si me encontraban. Y se estaban acercando”. Se llevó con él un disco duro con información del ISIS que no se había atrevido a publicar, y desde fuera, siguió alimentando ‘Mosul Eye’. “Me llevó seis meses después de salir de Mosul ser consciente de que seguía vivo. Cuando despertaba pensaba que estaba muerto. Pero nunca dejé de trabajar”, explica. Durante la batalla por Mosul, liberada en verano del año pasado y durante la que murió uno de sus hermanos, le llegaban peticiones de ayuda que utilizó para geolocalizar a familias atrapadas y pasar la información a las fuerzas de seguridad. Siguió trabajando desde el anonimato hasta que en diciembre del año pasado decidió “recuperar” su identidad y desvelar su nombre en una entrevista con la agencia Associated Press.

Ha recibido asilo en un país europeo que no desvela. “Sigo amenazado por el ISIS”, asegura. Mohammed escribe ahora la historia de Mosul desde 2003, cuando decidió que quería ser historiador, entender lo que ocurría a su alrededor. Con esa premisa observa los acontecimientos en su ciudad –“vivo en ella en mi cabeza”- y el país. No confía en que Muqtada al Sadr, el clérigo chií y nacionalista que ganó sin mayoría las elecciones del 12 de mayo, tenga la habilidad para poner fin a la violencia sectaria, pero ve con cierto optimismo que “por primera vez desde 2003 la gente habla de algo llamado identidad nacional. “Los iraquíes se han dado cuenta finalmente de que somos cristianos, chiíes o suníes, pero que por encima de eso podemos tener una identidad iraquí. Eso no acabará con los problemas, pero es un comienzo. Es el momento de entender que no tenemos que luchar. No queremos ser parte de otra lucha, necesitamos vivir”, confía Mohammed.

 

El director de Europol, Rob Wainwright, señala que unas 30.000 personas en Europa pueden formar parte de las redes terroristas

Unos se quedaron por el camino, otros no han vuelto. El caso es que el retorno de los adiestrados del califato no ha supuesto todavía el riesgo de seguridad esperado. Por eso quizá las respuestas ante su posible vuelta son tan diversas como los países de origen. En el norte de Europa apuestan por la desradicalización y reintegración, mientras el sur tiende al procesamiento judicial. Si los combatientes extranjeros no vuelven, ¿dónde está el peligro? “El desafío de los viajeros frustrados es potencialmente mayor que el de los retornados”, señala en un correo electrónico Barrett, “porque aún tienen el sueño del ‘Estado Islámico’, que difícilmente se puede hacer realidad; pueden sentir que han fracasado por no llegar a tiempo, sentir ira y resentimiento frente a las autoridades que les impidieron viajar o causaron la caída del ISIS”. Son los combatientes ‘homegrown’, terroristas locales, radicalizados e incluso entrenados en casa. El último ataque perpetrado en Europa con retornados involucrados fue el de Bruselas, en marzo de 2016. Y los atentados de Bruselas y París, ejecutados por células dirigidas por la Emni, la unidad del ISIS para atacar en el extranjero, son la excepción.

El periodista alemán experto en el fenómeno yihadista Peter R. Neumann reúne algunas cifras del terror en Europa desde 2014: de alrededor de un centenar de tramas, 41 tuvieron éxito. Una de cada cinco la llevó a cabo un individuo con experiencia en la trinchera yihadista. Las demás, la inmensa mayoría de atentados, son cosa de terroristas sin lazos operacionales con grupo alguno. “Esta ola representa un área gris del terrorismo”, señala Coolsaet, “perpetrada por buscadores desesperados de venganza, de 15 minutos de fama; delincuentes que necesitan una justificación, inestables mentalmente que envuelven sus problemas psicológicos con la narrativa del Daesh, acrónimo despectivo para referirse al ISIS”. Son el peligro, aunque tampoco sea fácil dar con ellos. “La amplia variedad de motivos y posibles conspiradores y el mínimo tiempo de preparación para un ataque al estilo Daesh hace muy difícil su prevención”, prosigue el académico.

En una entrevista reciente en Bulgaria, el director de Europol, Rob Wainwright, señalaba que unas 30.000 personas en Europa pueden formar parte potencialmente de las redes terroristas. Son radicalizados exprés. Difíciles de cazar. Véase el caso español: Carola García-Calvo, investigadora del Real Instituto Elcano, perfila algunas características que se repiten en España: “Es un fenómeno de hombres jóvenes. Hay diversidad en la ocupación y la falta de integración no es necesariamente compatible con el terrorismo. Otra cosa es la asimilación cultural, como en el caso de Ripoll, localidad donde vivía parte del comando que atentó en Barcelona, donde se les conocía como los ‘chicos marroquíes’. El conocimiento del Islam y la sharía, además, es limitado”. Son musulmanes de segunda generación, con cierta crisis de identidad, con una práctica del islam diferente a la de sus padres, que sufren, según García-Calvo, “una sensación de agravio real o percibido”. Son, en fin, los que, esté o no muerto el califato en el terreno, hayan retornado o mudado sus yihadistas, siguen siendo la carne de cañón más vulnerable a la huella propagandística del ISIS, aún grande, y a la ejecución, por tanto, de un atentado terrorista.

 

Insensata costumbre humana de creer que asesinado a los adversarios políticos o religiosos se resuelven los problemas, ‘El mito de Sísifo’

El terrorismo fascinó siempre a Albert Camus y, además de una obra de teatro sobre el tema, dedicó buen número de páginas de su ensayo sobre el absurdo, ‘El mito de Sísifo’, a reflexionar sobre esa insensata costumbre de los seres humanos de creer que asesinando a los adversarios políticos o religiosos se resuelven los problemas. La verdad es que salvo casos excepcionales en que el exterminio de un sátrapa atenuó o puso fin a un régimen despótico -los dedos de una mano sobran para contarlos- esos crímenes suelen empeorar las cosas que quieren mejorar, multiplicando las represiones, persecuciones y abusos. Pero es verdad que, en algunos rarísimos casos, como el de los narodniki rusos citados por Camus, que pagaban con su vida la muerte del que mataban por “la causa”, había, en algunos de los terroristas que se sacrificaban atentando contra un verdugo o un explotador, cierta grandeza moral…

“No es el caso, ciertamente, de quienes, como acaba de ocurrir en Cambrils y en las Ramblas de Barcelona -declaraba Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura, un año atrás-, embisten en el volante de una camioneta contra indefensos transeúntes –niños, ancianos, mendigos, jóvenes, turistas, vecinos- tratando de arrollar, herir y mutilar al mayor número de personas. ¿Qué quieren conseguir, demostrar, con semejantes operaciones de salvajismo puro, de inaudita crueldad, como hacer estallar una bomba en un concierto, un café o una sala de baile? Las víctimas suelen ser, en la mayoría de los casos, gentes del común, muchas de ellas con afanes económicos, problemas familiares, tragedias, o jóvenes desocupados, angustiados por un porvenir incierto en este mundo en que conseguir un puesto de trabajo se ha convertido en un privilegio. ¿Se trata de demostrar el desprecio que les merece una cultura que, desde su punto de vista, está moralmente envilecida porque es obscena, sensual y corrompe a las mujeres otorgándoles los mismos derechos que a los hombres? Pero esto no tiene sentido, porque la verdad es que el podrido Occidente atrae como la miel a las moscas a millones de musulmanes que están dispuestos a morir ahogados con tal de introducirse en este supuesto infierno.

Tampoco parece muy convincente que los terroristas del Estado islámico o Al-Qaeda sean hombres desesperados por la marginación y la discriminación que padecen en las ciudades europeas. Lo cierto es que buen número de los terroristas han nacido en ellas y recibido allí su educación, y se han integrado más o menos en las sociedades en las que sus padres o abuelos eligieron vivir. Su frustración no puede ser peor que la de los millones de hombres y mujeres que todavía viven en la pobreza (algunos en la miseria) y no se dedican por ello a despanzurrar a sus prójimos. La explicación está pura y simplemente en el fanatismo, aquella forma de ceguera ideológica y depravación moral que ha hecho correr tanta sangre e injusticia a lo largo de la historia. Es verdad que ninguna religión ni ideología extremista se ha librado de esa forma extrema de obcecación que hace creer a ciertas personas que tienen derecho a matar a sus semejantes para imponerles sus propias costumbres, creencias y convicciones. El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización. Está detrás de los peores crímenes de los últimos años en Europa, esos que se cometen a ciegas, sin blancos específicos, a bulto, en los que se trata de herir y matar no a personas concretas sino al mayor número de gentes anónimas, pues, para aquella obnubilada y perversa mentalidad, todos los que no son los míos –esa pequeña tribu en la que me siento seguro y solidario- son culpables y deben ser aniquilados.

 

Para Mario Vargas Llosa las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico, la ciudad se liberó del franquismo antes que el resto de España

Nunca van a ganar la guerra que han declarado, por supuesto. La misma ceguera mental que delatan en sus actos los condena a ser una minoría que poco a poco –como todos los terrorismos de la historia- irá siendo derrotada por la civilización con la que quieren acabar. Pero desde luego que pueden hacer mucho daño todavía y que seguirán muriendo inocentes en toda Europa como casi la veintena de  cadáveres (y los ciento veinte heridos) de las Ramblas de Barcelona y sembrando el horror y la desesperación en incontables familias. Acaso el peligro mayor de esos crímenes monstruosos sea que lo mejor que tiene Occidente -su democracia, su libertad, su legalidad, la igualdad de derechos para hombres y mujeres, su respeto por las minorías religiosas, políticas y sexuales- se vea de pronto empobrecido en el combate contra este enemigo sinuoso e innoble, que no da la cara, que está enquistado en la sociedad y, por supuesto, alimenta los prejuicios sociales, religiosos y raciales de todos, y lleva a los gobiernos democráticos, empujados por el miedo y la cólera que los presiona, a hacer concesiones cada vez más amplias en los derechos humanos en busca de la eficacia…

Para Mario Vargas Llosa, las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico… “En los cinco años que viví en esa querida ciudad, dos o tres veces por semana íbamos a pasear por ellas, a comprar Le Monde y libros prohibidos en sus quioscos abiertos hasta después de la medianoche, y, por ejemplo, los hermanos Goytisolo conocían mejor que nadie los secretos escabrosos del barrio chino, que estaba a sus orillas, y Jaime Gil de Biedma, luego de cenar en el Amaya, siempre conseguía escabullirse y desaparecer en alguno de esos callejones sombríos. Pero, acaso, el mejor conocedor del mundo de las Ramblas barcelonesas era un madrileño que caía por esa ciudad con puntualidad astral: Juan García Hortelano, una de las personas más buenas que he conocido. Él me llevó una noche a ver en una vitrina que sólo se encendía al oscurecer una truculenta colección de preservativos con crestas de gallo, birretes académicos y tiaras pontificias. El más pintoresco de todos era Carlos Barral, editor, poeta y estilista, que, revolando su capa negra, su bastón medieval y con su eterno cigarrillo en los labios, recitaba a gritos, después de unos gins, al poeta Bocángel. Esos años eran los de las últimas boqueadas de la dictadura franquista. Barcelona comenzó a liberarse de la censura y del régimen antes que el resto de España. Esa era la sensación que teníamos paseando por las Ramblas, que ya eso era Europa, porque allí reinaba la libertad de palabra, y también de obra, pues todos los amigos que estaban allí actuaban, hablaban y escribían como si ya España fuera un país libre y abierto, donde todas las lenguas y culturas estaban representadas en la disímil fauna que poblaba ese paseo por el que, a medida que uno bajaba, se olía (y a veces hasta se oía) la presencia del mar. Allí soñábamos: la liberación era inminente y la cultura sería la gran protagonista de la España nueva que estaba ya asomando en Barcelona…”.

¿Era precisamente ese símbolo el que los terroristas islámicos querían destruir derramando la sangre de esas decenas de inocentes al que aquella furgoneta apocalíptica -la nueva moda- fue dejando regados en las Ramblas? ¿Ese rincón de modernidad y libertad, de fraterna coexistencia de todas las razas, idiomas, creencias y costumbres, ese espacio donde nadie es extranjero porque todos lo son y donde los quioscos, cafés, tiendas, mercados y antros diversos tienen las mercancías y servicios para todos los gustos del mundo? Por supuesto que no lo conseguirán. La matanza de los inocentes será una poda y las viejas Ramblas seguirán imantando a la misma variopinta humanidad, como antaño y como hoy, cuando el aquelarre terrorista sea apenas una borrosa memoria de los viejos y las nuevas generaciones se pregunten de qué hablan, qué y cómo fue aquello.

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